2025 | Arlex Angarita Leiton | Issue 2 Cultivando salud

Cómo la agroecología cultiva la resiliencia emocional en Colombia

En Colombia, la relación entre la agroecología y la salud ha sido estudiada principalmente desde una perspectiva de salud física, enfocándose en la reducción de la exposición a sustancias nocivas y en la creación de entornos saludables. Sin embargo, el impacto de la agroecología en la salud mental y el bienestar ha sido poco explorado. Nuestros hallazgos están mostrando conexiones significativas.

Tanto la Red Nacional de Agricultura Familiar (RENAF) como la Especialización en Agricultura Familiar de la Universidad Minuto de Dios – UNIMINUTO han observado que las prácticas agroecológicas en los territorios no solo fomentan una producción sostenible, sino que también crean espacios donde afloran aspectos de la subjetividad humana. Entre ellos se encuentran capacidades, talentos, ansiedades y temores, todos vinculados a la manera en que las personas viven y otorgan significado a sus vidas.

Sensibilidad social

Por ejemplo, la creación de entornos saludables no solo favorece el bienestar humano, sino que también promueve el respeto por otras formas de vida. Samuel Babativa, campesino agroecólogo del Tolima, explica: “Cuando enseñamos a cultivar, también enseñamos la importancia de cuidar el suelo y la micro y mesofauna”. Maribel García, también agroecóloga del Tolima, resalta cómo el diseño de sistemas agrícolas que responden a las condiciones ecológicas y socioculturales locales está estrechamente relacionado con la estética, el arte y el cuidado. Estos espacios no solo incrementan la producción, sino que además generan bienestar y satisfacción para quienes los diseñan y los disfrutan.

La creación de entornos saludables conduce no solo al bienestar humano, sino también al respeto por otras formas de vida.

La agroecología también favorece el reconocimiento del potencial humano para transformar los entornos. Carmen Inés Prieto, productora agroecológica en la Zona de Reserva Campesina de Cabrera (Cundinamarca), afirma: “Gracias a la agroecología, muchas mujeres campesinas, incluidas madres cabeza de familia con hijos con discapacidad, han encontrado medios de vida alternativos y aprendido nuevas habilidades. En mi caso, cuidar a mi hija con discapacidad física y motora ha sido un reto, pero el trabajo en los huertos y en la comunidad ha mejorado su estado físico y mental, y nos ha dado confianza y esperanza”.

En Colombia, quienes participan en procesos agroecológicos —ya sea en producción, organización social o investigación— desarrollan una sensibilidad social que va más allá de lo técnico, productivo y económico. A pesar del limitado reconocimiento institucional y de políticas públicas aún incipientes, la agroecología se ha convertido en un espacio que genera transformación personal y social. Como señala Pedro Vicente González, productor agroecológico de Subachoque (Cundinamarca): “Dediqué mi juventud a la agroindustria, hasta que mi salud se deterioró y me despidieron. La agroecología me permitió retomar el rumbo de mi vida, recuperar mi bienestar y aportar a mi comunidad. Mi huerta es ahora mi oficina, donde trabajo y comparto mi experiencia con otros que buscan un camino distinto. Nuestra misión u oficio es agricultar, pero hacerlo responsablemente”.

Transformación personal y colectiva

Estos testimonios evidencian cómo la agroecología puede ser una fuente de resiliencia emocional, identidad y bienestar, ofreciendo un camino y un horizonte de esperanza y reconstrucción para quienes la practican. A través de la práctica productiva y la interacción social, las personas que participan en procesos agroecológicos desarrollan una comprensión más profunda de sus actitudes y acciones, lo que facilita cambios tanto personales como colectivos.

Claudina Loaiza, indígena pijao del Tolima, aprendió a leer y escribir siendo adulta mayor en la Escuela Agroecológica y Territorial Manuel Quintín Lame. Allí descubrió su pasión por reconocer y proteger las semillas nativas y criollas como parte del saber tradicional, lo que la llevó a expresarse mediante la poesía y el canto. Hoy es reconocida en su territorio. De esta manera, la agroecología permite reflexionar sobre la vida y transformar la manera en que las personas se relacionan entre sí y con su entorno.

Campesinos y campesinas compartiendo en espacio comunal su sueño de finca agroecológica
Campesinos y campesinas compartiendo sus sueños agroecológicos en un espacio comunitario. Foto: Arlex Angarita Leiton

Este impacto también se refleja en la historia de Pablo Manios y María Virgeni Llanos, pareja campesina del Tolima, quienes compartieron que, a través de la producción agroecológica de gallinas criollas, identificaron aspectos de su relación y forma de trabajo que necesitaban mejorar. Por ejemplo, aprendieron sobre la importancia de una distribución más equilibrada de las tareas diarias del cuidado de las gallinas y de la participación equitativa de las mujeres en el mercado y la comunidad. Ahora reconocen mejor el conocimiento y la experiencia de las mujeres rurales, y entienden que establecer acuerdos como pareja mejora tanto su trabajo como su vida en común. Más allá de la producción, este proceso les ha permitido fortalecer su relación y convivencia, logrando una vida más armoniosa y amorosa en pareja y en familia.

Otro ejemplo, es la organización comunitaria de mujeres afrosdescendientes de Guapi-Cauca “Ríos Unidos”, que realizan juntanzas en torno a lo que ellas han denominado la “conocencia” sobre los usos terapéuticos de las plantas silvestres. Ejercicio al que han incorporado prácticas y procesos agroecológicos, que les ha permitido configurarlos como espacios de encuentro en los que no solo transforman plantas en productos fitoterapéuticos, sino que son espacios de terapia colectiva de ayuda mutua, que las mismas mujeres reconocen de alto nivel de bienestar.

Inclusión de género y generacional

Los movimientos agroecológicos promueven una participación inclusiva desde un enfoque de género e intergeneracional. Hamilton Salazar, joven campesino del Tolima y parte de la población LGBTIQ+, expresa: “Llegar a la agroecología y al movimiento de agricultura familiar me ha permitido ser escuchado, aportar a la sociedad e integrarme sin discriminación. Me han acogido y he podido representar a mi comunidad en eventos como el Congreso Político y Científico Popular de Agroecología 2024”.

Entender que las mujeres campesinas somos valiosas cuidadoras nos anima a seguir adelante. La agroecología nos da alas para sentirnos orgullosas.

Respecto a lo intergeneracional, vale la pena mencionar el caso Luis Ermilson Gañan, del resguardo indígena Embera Chamí de San Lorenzo en Riosucio Caldas, quien desde muy joven incurcionó en la agroecología y actualmente, además de ser professor en la institución de educación local, acompaña procesos juveniles agroecológicos que generando bienestar, hacienda que los y las jóvenes se sientan orgullosos de su cultura y permanezcan en el territorio cuidándolo.

Florencia Murcia, campesina agroecóloga del Tolima, resalta el papel de las mujeres en la agroecología: “Entender que las mujeres campesinas valemos, que tenemos capacidades y que hemos sido cuidadoras, nos impulsa a seguir trabajando. La agroecología nos da alas para sentirnos orgullosas de producir alimentos y proteger los sistemas agroalimentarios locales”.

La espiritualidad también juega un papel fundamental en estos procesos. María Rosario Chicunque ‘Charito’, sabia ‘mamita’ del pueblo Kamëntsá del Putumayo, explica: “Somos seres enviados por nuestros mayores espirituales para proteger la Madre Tierra y todo lo que da vida. La agroecología es un camino que los sabios han propuesto para reconectarnos con nuestra misión de cuidado y sanación”.

Desafíos en el ámbito del trabajo y resiliencia

El trabajo agroecológico puede ser exigente. Más allá de la innovación productiva, es esencial documentar y promover condiciones laborales que reduzcan el estrés y los riesgos físicos y mentales. Crear alternativas que hagan del trabajo agroecológico una actividad productiva, saludable y satisfactoria es clave para fortalecer este movimiento.

Como podemos ver, el contacto directo con la tierra, el agua, las plantas y los animales genera bienestar y actúa como un espacio terapéutico. Sin embargo, quienes practican la agroecología están en constante conflicto con los modelos de producción industrial. Martha Lucía Santa, de la finca La Pelusa en Puerto Gaitán (Meta), y Alfredo Añazco, de la finca Pura Vida en Andalucía (Valle del Cauca), han sido afectados por fumigaciones con pesticidas, monocultivos y la contaminación del agua causada por agroindustrias vecinas. A pesar de estos desafíos, han encontrado en la agroecología un camino de resiliencia para resistir y avanzar.

Para promover la agroecología, es necesario seguir visibilizando sus impactos psicosociales, demostrando cómo contribuye al bienestar, la salud mental y la construcción de sociedades más justas , sostenibles y sustentables.


Autor: Arlex Angarita Leiton es campesino agroecológico y psicólogo social comunitario. Es miembro de la Red Nacional de Agricultura Familiar (RENAF) y del Movimiento Agroecológico Colombia – MACO, y profesor investigador en la Corporación Universitaria Minuto de Dios (UNIMINUTO), en Bogotá. Contacto: aangarita@uniminuto.edu

Este artículo forma parte del número 2-2025: Cultivando la salud y la sanación