abril 14, 2025 | Luisa María Castaño Hernández | Issue 2 Cultivando salud

El amaranto de Aniceta: una historia de resistencia, memoria y vida en Guatemala

“Recojan grano y semillas, y recojan los brotes, porque se acercan tiempos de sequía y hambre. Afilen sus armas, porque los enemigos escondidos tras las montañas y colinas pronto acecharán la tranquilidad y la abundancia de estas tierras con codicia.” Del Popol Vuh, texto que narra la cosmovisión, mitología e historia de los pueblos mayas de las tierras altas de Guatemala, hacia 1550.

La tierra de Rabinal y la memoria de sus semillas

La tierra de Rabinal, un pequeño pueblo ubicado en el departamento de Baja Verapaz, Guatemala, guarda historias de resistencia y memoria. Al amanecer, el sonido del metate y el aroma del maíz reflejan la continuidad de una antigua tradición agrícola del pueblo maya Achi. Estas comunidades han cultivado maíz, frijol y amaranto durante siglos, integrando su cosmovisión en la siembra y el respeto por la tierra.

Las personas mayores del pueblo, guardianas del saber ancestral, han transmitido técnicas agrícolas basadas en la observación de la luna y los vientos, asegurando que los cultivos se adapten a los cambios climáticos. Entre todas las plantas, el amaranto ha sido símbolo de resiliencia: crece en suelos pobres y resiste la sequía.

Con la llegada de los colonizadores, se intentó borrar estas prácticas mediante la prohibición de cultivos y tradiciones. Sin embargo, semillas como el amaranto sobrevivieron en rincones ocultos gracias a estrategias de resistencia agrícola. A lo largo de siglos de violencia y opresión, quienes comprendían el valor de cada semilla aseguraron su continuidad, preservando no solo el alimento, sino también la historia y la cultura.

Foto: Detalle de una planta de amaranto rojo, cuyas flores intensas anuncian la madurez del grano. El cultivo de variedades nativas como esta forma parte de una estrategia de soberanía alimentaria liderada por mujeres.
El cultivo de variedades nativas como este amaranto rojo forma parte de una estrategia de soberanía alimentaria liderada por mujeres. Foto: Luisa María Castaño Hernández

El amaranto en tiempos de guerra y resistencia

El amaranto no solo ha resistido el paso del tiempo, también ha sobrevivido a la guerra. Durante el largo conflicto armado interno en Guatemala (1960–1996), Rabinal fue escenario de masacres, desplazamientos forzados y de la estrategia de “tierra arrasada”, que incluía la quema de cultivos y la contaminación de fuentes de agua. Esto dejó a miles de personas sin medios para subsistir.

Cuando la violencia arrasó con comunidades enteras, algunas personas enterraron semillas en recipientes y telas antes de huir, como forma de proteger su herencia agrícola. El ejército no solo buscaba eliminar vidas, también quería borrar formas de vida, forzando a las comunidades a integrarse en “aldeas modelo” bajo control estricto.

Aniceta Toj y Luisa Manuel Xitumul, dos mujeres mayas Achi, recuerdan el miedo y el hambre de aquellos días en que no podían sembrar ni trabajar. Luisa, originaria de la comunidad de Panacal, rememora una de tantas veces en que enfrentaron comentarios de odio y tuvieron que sobreponerse al miedo: “Llegó un momento en que ya no podíamos trabajar porque la ley nos lo prohibía, y empezamos a pasar hambre. No teníamos ni tortillas, ni frijoles. Después de un mes, llegaron los generales y reunieron a la gente que quedaba en Panacal para preguntarnos si queríamos vivir o morir.”

Foto: Aniceta, lideresa maya achí y guardiana de las semillas, sentada en el corredor de su casa en Rabinal, Baja Verapaz. Con su indumentaria tradicional, bordada con flores.
Aniceta, lideresa Maya Achi y guardiana de semillas, con su traje tradicional bordado con flores. Foto: Lesli Liliana Juárez Alvarado

En medio del caos, Aniceta, de 19 años, tomó una decisión: enterró semillas de amaranto antes de huir de su comunidad. Sobrevivió en las montañas alimentándose de raíces, y allí dio a luz a su hijo, sola, apoyándose en los conocimientos transmitidos por su madre y lo que había aprendido en su formación como partera. Con el nacimiento de su hijo, Aniceta encarnó la resiliencia de las mujeres indígenas de su pueblo. A pesar de la adversidad, estas mujeres cuidan la vida.

Tras las masacres, las familias huyeron llevando solo lo indispensable. Los pueblos de Rabinal quedaron en silencio. Este desplazamiento forzado sumió a quienes sobrevivieron en una lucha diaria contra el hambre. Durante semanas, caminaron por las montañas, ocultándose y sobreviviendo con lo poco que la selva les ofrecía.

En medio de la incertidumbre, la memoria del amaranto persistía. Al caer la tarde, las personas mayores evocaban los cultivos que, en otro tiempo, alimentaban a sus comunidades. En sus palabras, el amaranto era la resistencia misma.

Algunos campesinos encontraron las semillas que sus ancestros y ancestras habían escondido antes de la guerra, protegidas por la tierra como testigos de un futuro que aún parecía posible. Otros no tuvieron la misma suerte; la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) ha documentado más de 100 sitios de entierro clandestino en esta región, muchos vinculados con personas campesinas que regresaban a sus tierras en busca de alimento.

El regreso a Rabinal y la restauración de la tierra

Después de años de huida, algunas personas sobrevivientes regresaron a Rabinal. Lo que encontraron fue desolador: pueblos destruidos, campos estériles, suelos endurecidos por la guerra y el abandono. Aniceta Toj escarbó con ansiedad la tierra donde antes se encontraba su hogar. Sus manos temblorosas encontraron lo que había enterrado antes de huir: semillas de amaranto, intactas, esperando.

El amaranto no solo representaba esperanza para la comunidad; era una oportunidad real. Investigaciones han demostrado que sus semillas pueden conservarse durante años y que su sistema de raíces ayuda a regenerar suelos degradados. Aniceta no conocía estos estudios, pero su intuición y su memoria le enseñaron cómo cuidar el suelo. Con paciencia, retiró las piedras del terreno, esperó la lluvia y sembró. Cuando brotaron las primeras hojas, no solo comenzó a sanar la tierra, también empezó a sanar la comunidad.

Luisa Manuel Xitumul vivió su regreso de forma similar. “No había maíz. Como mujeres, empezamos a reunirnos y enfrentamos nuestras dificultades sembrando semillas para producir alimento”, recuerda.

El renacer del amaranto llamó la atención. Vecinos comenzaron a llegar, primero con curiosidad, luego con preguntas y finalmente trayendo sus propias semillas en las manos. Comprendieron que la siembra colectiva genera espacios de encuentro y colaboración; estos fueron elementos fundamentales en la reconstrucción de las redes sociales después de la guerra.

Aunque muchas personas aún consideraban al amaranto como un grano del pasado, otras reconocieron su verdadero valor. Organizaciones comunitarias como Qachuu Aloom, una organización liderada por mujeres mayas Achi en Baja Verapaz, desempeñaron un papel clave en la recuperación del amaranto, promoviendo tanto su consumo como su importancia para la soberanía alimentaria. “Antes, el amaranto era la base de nuestra alimentación; era el oro de nuestros ancestros, y por eso eran personas sabias. Ahora, tras su desaparición forzada, lo estamos volviendo a cultivar y lo compartimos con las familias como alimento principal para fortalecer la soberanía alimentaria”, cuentan las mujeres que integran la organización.

Foto: Aniceta en su casa, rodeada por las semillas y paredes que resguardan su memoria. Desde este espacio cotidiano ha cuidado alimentos ancestrales como el amaranto, y reconstruido, día a día, los saberes y la vida de su comunidad tras el conflicto armado.
Aniceta en su casa, donde preserva alimentos ancestrales y ha reconstruido el saber y la vida comunitaria tras el conflicto armado. Foto: Lesli Liliana Juárez Alvarado

El amaranto y la lucha contra la desnutrición

Los efectos del conflicto armado en Guatemala dejaron heridas profundas en la tierra, en la memoria colectiva y en la alimentación de sus comunidades. La guerra agravó la inseguridad alimentaria de los pueblos indígenas, dejando a generaciones enteras en situación de extrema vulnerabilidad. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y UNICEF, alrededor del 46 % de los niños y las niñas en Guatemala sufren desnutrición crónica, lo que limita gravemente su desarrollo físico e intelectual.

Una investigación publicada en 2024 por la Universidad Regional Autónoma de los Andes, titulada Desarrollo empresarial del amaranto: un camino hacia la soberanía alimentaria y la reducción de la desnutrición, destaca que el amaranto, por su alto contenido de proteínas, vitaminas y minerales, es un recurso esencial para combatir la desnutrición y fortalecer la seguridad alimentaria. Según el estudio, las comunidades que cultivan y consumen amaranto reconocen su impacto positivo en la reducción de la desnutrición en zonas rurales, especialmente en las infancias.

Para las familias de Rabinal, esta información no era nueva. Después de la guerra, las mujeres comenzaron a recuperar prácticas tradicionales, combinando harina de amaranto con maíz para hacer tortillas y atoles (una bebida espesa y caliente hecha con maíz, agua o leche y endulzante). Así rescataron recetas ancestrales que la guerra casi les había arrebatado.

La FAO reconoce al amaranto como un cultivo excepcionalmente resiliente y fundamental para la identidad de los pueblos indígenas. Sin embargo, mientras el amaranto regresaba a los campos y mesas en Rabinal, en otros países su valor crecía por razones distintas. Desde la década de 1990, ha sido promovido por sus beneficios para la salud y vendido como un “superalimento” en tiendas naturistas y supermercados especializados en Estados Unidos, Japón y Europa.

Pero con la fama vino el peligro. La organización GRAIN ha denunciado que grandes corporaciones intentan apropiarse de cultivos ancestrales bajo el pretexto del “desarrollo agrícola”. El amaranto, al igual que la quinua y otros granos tradicionales, ha sido víctima de la biopiratería: empresas están patentando variedades mejoradas y privatizando conocimientos que pertenecen a los pueblos originarios. Para los y las productoras de Rabinal, esto significó una nueva lucha. No solo había que cultivar el amaranto, también había que volver a protegerlo.

Foto: Grupo de mujeres productoras de la organización Qachuu Aloom, en Guatemala. A través del trabajo colectivo, han recuperado saberes ancestrales y construido formas de vida dignas desde la agricultura comunitaria.
Grupo de mujeres productoras de la organización Qachuu Aloom en Guatemala. Foto: Luisa María Castaño Hernández

Aniceta y otras mujeres de Rabinal comprendieron que su trabajo no podía terminar en la siembra. Si el amaranto caía en manos de grandes empresas, su valor comunitario desaparecería. A partir de 2003, comenzaron a rescatar semillas y luego formaron colectivos para compartirlas, creando así redes de apoyo con otras comunidades indígenas. Poco a poco, el amaranto recuperó su lugar en los mercados locales. Se vendía junto al maíz y los frijoles, reafirmando su importancia en la dieta cotidiana. Hoy, cada semilla intercambiada y cada parcela sembrada es una declaración de resistencia. Lo que alguna vez se consideró un alimento olvidado es ahora un símbolo de recuperación y soberanía.

Al atardecer, cuando el calor cede y el aire se llena del olor a tierra húmeda, Aniceta camina entre sus plantas y acaricia las hojas con la misma devoción con la que lo hacía su abuela. No habla de lucha ni de resistencia, aunque eso es precisamente lo que representa. Habla de sembrar, de cuidar y de esperar. Sabe que la tierra tiene su propio ritmo, y que, al final, siempre devuelve lo que se le da. Como las semillas, la memoria de su pueblo ha encontrado la forma de seguir adelante.

Hoy, Aniceta trabaja junto a Qachuu Aloom. Junto con más de 500 mujeres, forma parte de una poderosa red de guardianas de semillas que protegen más de 70 variedades nativas y criollas de maíz, frijol, calabaza y otros cultivos tradicionales. Para ellas, cada semilla es una historia, cada cosecha un acto de resistencia, y cada temporada de siembra un paso hacia la soberanía alimentaria y la supervivencia cultural.


Autora: Luisa María Castaño Hernández es coordinadora del área de Comunicaciones de Groundswell International para América Latina y el Caribe. Contacto: lhernandez@groundswellinternational.org

Este artículo forma parte del número 2-2025: Cultivando la salud y la sanación