Cuando era niño, veía deidades pitón colgando de las ramas, escuchaba las historias de mis ancestras y ancestros que se escondieron de los esclavistas europeos entre las raíces, y bebía los tés medicinales y comía los frutos silvestres que mi madre recolectaba. Pero crecí viendo cómo estos bosques desaparecían, y con ellos se deterioraba la salud de la naturaleza y de nuestra gente. En la meseta sur de Ouémé, donde vivo, hoy queda apenas un tercio de los bosques sagrados registrados en 1980. Como líder de mi pueblo, mi misión de vida es restaurarnos a todos: a nuestros bosques y a nosotros mismos.
Mi nombre es Atawé Akôyi; soy Jefe y Príncipe de la comunidad Atawé en Avrankou, al este de Benín. En tiempos de mis ancestras y ancestros, así como de les jefes que me precedieron, Avrankou, al igual que gran parte del país, estaba cubierto de vastos bosques. Estos nos daban refugio, alimento y medicina, y en su interior se encontraban los sitios naturales sagrados esenciales para nuestra cultura Vodún (Vudú). El Vodún es una religión arraigada en la Tierra. Cada elemento tiene un significado profundo, y, en última instancia, todas nuestras creencias nos llevan de vuelta a los bosques donde hemos vivido, orado y sanado durante generaciones.
En 1996 fundé mi organización: Groupe de Recherche et d’Action pour le Bien-Être au Bénin (GRABE-BENIN, o Grupo de Investigación y Acción para el Bienestar en Benín). Cada noche, después de terminar mi trabajo en el gobierno local, recorría la comunidad en mi motocicleta para recaudar fondos. Finalmente, con un préstamo bancario, pude comprar media hectárea de tierra. Muchas personas se unieron a esta causa, como una gran familia, para dar inicio a un proceso transformador que devolvería la salud a nuestro territorio y a nuestra gente.
Restaurando nuestra memoria
En aquel momento, mis pares ya tenían coche y creían que era una locura que pasara tanto tiempo en el bosque. Pero yo entendía que existía otro tipo de riqueza: la abundancia de plantas medicinales, cultivos nutritivos y una conexión espiritual que nuestras culturas indígenas habían preservado durante generaciones, hasta que el colonialismo y sus consecuencias intentaron borrarlas.
Nuestro trabajo comenzó con diálogos comunitarios junto a personas mayores sabias, con el propósito de recuperar la memoria de las antiguas prácticas agroecológicas que nos enseñan a vivir en armonía con la naturaleza, produciendo alimentos y medicinas mientras protegemos la vida de los bosques, ríos y humedales que nos rodean. Este renacer se ha convertido en nuestra historia de sanación integral.
Cada comunidad solía ser responsable de cuidar sus propios sitios naturales sagrados. En nuestra cosmología, por ejemplo, ciertos árboles son mis tótems y, por ello, no puedo cortarlos. Antes, los árboles no se reducían a simples fuentes de madera o reservas de carbono, como ocurre hoy en día; se les consideraba como lugares de refugio, sanación, alimento e inspiración dentro de nuestra comunidad terrestre. Pero cuando algo deja de verse como sagrado, también deja de protegerse.
Como dijo nuestra ancestra Wangari Maathai: “Los árboles se han convertido, literalmente, en tótems de los enfrentamientos entre distintos grupos… Las fuerzas invasoras han entendido que no solo deben destruir los bosques sagrados, sino que esa destrucción es una forma de desmoralizar, fragmentar e intimidar a la población local, arrebatándole su fortaleza espiritual”.
Hoy, los fragmentos de bosque que aún sobreviven están en peligro. La agricultura industrial, la urbanización y la minería amenazan tanto nuestra salud ecológica como nuestra identidad cultural. Cada vez que esta presión amenaza con abrumarnos, me recuerdo a mí mismo que si los otros pueden tener conexiones con las autoridades y el poder del dinero, nosotros aún conservamos nuestra conexión con la naturaleza y el poder de la Madre Tierra.
La semilla es poder
Nos guiamos en este empeño por la filosofía y la práctica de la Jurisprudencia de la Tierra, una visión en la que las personas somos solo una parte de una comunidad más amplia de seres, y donde el bienestar de cada integrante de esa comunidad depende del bienestar de la Tierra en su conjunto. Su padre fundador, Thomas Berry, dijo que no estamos sobre la Madre Tierra, venimos de la Madre Tierra. Cuando morimos, volvemos a ella. Yo veo la agroecología como una preparación para esto: para convertirnos en uno.
En GRABE-BENIN hemos construido un centro de aprendizaje que ofrece formación agroecológica a las comunidades rurales que nos rodean. Este es un espacio de encuentro lleno de sabiduría: mujeres, personas mayores de la comunidad, guardianes, estudiantes e infancias. Aquí, combinamos el aprendizaje occidental y tradicional, pero sobre todo, reunimos a las personas entre sí y con la naturaleza.

En el centro de aprendizaje, las mujeres han revivido sus roles como guardianas de semillas y han recuperado nuestras variedades indígenas. Como las habas arrugadas que vienen en dos colores, que llamamos ojos de oveja y ojos de vaca. Comer habas te da fuerza, las raíces son medicinales, y hervir las semillas produce alcohol. Pero las semillas no solo sirven para plantar. Las semillas son historias. Las semillas son espiritualidad, conocimiento y poder. Las mujeres recuerdan estas tradiciones culturales, como cuando a una madre se le da una semilla de sorgo para comer y otra para plantar, como símbolo del futuro de su hija o hijo durante las ceremonias del día de nombramiento.
Hace décadas, nuestras madres y padres solían comer más de 30 variedades de verduras. Pero, a medida que nuestra gente ha sido influenciada por la agricultura “moderna”, este número se ha reducido a cuatro o cinco. ¿Por qué? Debido a los valores industriales como la eficiencia y el rendimiento, que llenan carteras en lugar de estómagos. Así que, en los últimos años, las mujeres de nuestra comunidad se han unido para plantar, cosechar, recolectar y cocinar variedades tradicionales. No necesitan dinero para hacerlo, solo la semilla. Hoy somos la única organización en Benín con un jardín ancestral de hortalizas, y cuando comemos su diversidad, tanto nosotros como la tierra estamos más saludables.
Tejiendo de nuevo la agricultura y los bosques
También hemos recuperado el conocimiento de cómo cultivar sin químicos. Es peligroso introducir químicos en los seres humanos, así como en nuestros hermanos más que humanos. Todo está concetado, y cuando dañamos la naturaleza, nos dañamos a nosotros mismos. No tiene sentido destruir los bosques ancestrales para la producción agrícola anual; necesitamos volver a tejer la agricultura y los bosques, reencontrar su equilibrio.
Uno de mis árboles favoritos, el panapén, es esencial porque nos sustenta durante la temporada seca, cuando no hay cultivos para cosechar. Es versátil: se puede triturar, freír, hervir, y es muy nutritivo, lleno de magnesio y potasio. Estos grandes frutos, que maduran en un momento crítico del año, son como regalos. Hoy en día tengo árboles de panapén en el vivero de nuestro centro de aprendizaje, y estamos replantándolos en toda la región. También contamos con variedades locales de mango, naranja, limón, papaya y aguacate. El mijo es para un año, pero un árbol de panapén es para siempre.
Sitios naturales sagrados
En el vivero, también cultivamos plantas para crear límites vivos alrededor de nuestros sitios naturales sagrados. Los sitios naturales sagrados son las ‘áreas de conservación’ más antiguas del mundo, protegidas por los guardianes indígenas desde tiempos inmemoriales. Son hogares seguros para los animales y las plantas, y existen en una red que abarca tierras y aguas, por lo que su salud es fundamental para la resiliencia de todo el ecosistema.
Culturalmente, estos sitios son el hogar de nuestros ancestros, ofreciéndonos una conexión con el mundo espiritual. Son espacios donde está prohibido cortar madera, cazar animales o recolectar comida; en lugar de extraer, vamos allí con ofrendas. Normalmente, llevamos semillas o aceite de cacao o palma, y si no tenemos estas ofrendas porque hemos olvidado cómo cultivarlas o cocinarlas, nos falta algo. Nuestros ancestros pueden decirnos si las semillas fueron compradas en una tienda, en lugar de haber sido recolectadas de la naturaleza o cultivadas en nuestros suelos.
Espiritualmente, no tiene valor un alimento que ha sido modificado genéticamente, cubierto de químicos o comprado en una tienda. Los alimentos deben ser cultivados y entregados con respeto por la Tierra de la que forman parte. Estos sitios sagrados son el corazón de nuestras comunidades y de nuestros sistemas de gobernanza; protegerlos de la degradación o el ‘desarrollo’ tiene un significado profundo.
Nuestros sitios naturales sagrados también son una fuente de plantas medicinales y hierbas, que crecen junto a los árboles y entre los cultivos de diversas fincas agroecológicas. Cuando era niño, mi madre preparaba una variedad de tés medicinales para que los tomara al despertar, conocidos como Amasi ɖiɖa, o Tôligbé en mi lengua local. Bebíamos moringa para darnos fuerza, gracias a su alto contenido mineral. Usábamos albahaca, un antibiótico natural, para combatir infecciones. Tomábamos jengibre y papaya madura para ayudar a nuestra digestión, así como las hojas del árbol de papaya para prevenir la malaria. Después de comer, masticábamos ramas trituradas de hierba de limón para limpiar nuestros dientes.
En GRABE-BENIN estamos redescubriendo este conocimiento ancestral de cosechar medicina junto con cosechar alimentos de las plantas. Los remedios tradicionales y naturales son vitales para la salud del 70% de nuestras comunidades, que no tienen acceso a hospitales o no pueden costear los cuidados de salud ‘modernos’. También agradecemos tener acceso a la medicina occidental; tiene su lugar, siempre que se use con cuidado. Pero en mi cultura, decimos: “No rompas la canoa que te ayudó a cruzar el río”.

La filosofía y la práctica de la Jurisprudencia de la Tierra
He aprendido mucho a lo largo del camino, especialmente de la naturaleza misma de los bosques. Estoy profundamente agradecido por la lección de unidad: como personas saludables, contribuimos a un todo saludable. Recibimos lo que damos en este sistema recíproco, sostenido por nuestros sitios naturales sagrados. Si matamos plantas e insectos con químicos, nos estamos dañando a nosotros mismos; es como plantar piña y esperar limones. Lo que ofreces, regresa a ti. Esto es justicia según las leyes de la naturaleza. Los seres humanos modernos hemos causado daño, y ahora nos corresponde sanar la naturaleza –y a nosotros mismos– reviviendo e inspirándonos en los modos indígenas que están regidos por las leyes de la naturaleza.
No caminamos solos. Como practicante de la Jurisprudencia de la Tierra, formo parte del Colectivo de Jurisprudencia de la Tierra de África: una constelación más amplia de comunidades en África del Este, Oeste y Sur. Todas/os estamos regresando a nuestras raíces, tanto físicamente al bosque como espiritualmente a nuestros corazones. En lugar de depender de intervenciones de “conservación” o “desarrollo” impuestas desde arriba para cuidarnos, estamos permitiendo que personas ancianas y sabias revivan y compartan su propio conocimiento y prácticas ecológicas con sus comunidades. Así es como asumimos la responsabilidad por la salud de nuestros pueblos y nuestras tierras ancestrales. Estamos en la primera línea de una carrera cada vez más intensa por la tierra, el dinero, los combustibles fósiles y los minerales. En respuesta, nos arraigamos aún más, volviendo a la sabiduría precolonial que nos fortalece, un conocimiento que emana del cuerpo de la Madre Tierra.
Autor: El Jefe Atawé Akôyi A. Oussou Lio desempeñó un papel clave en la aprobación de la primera Ley de Bosques Sagrados en África en 2012 y luego se capacitó para convertirse en un Practicante de Jurisprudencia de la Tierra con The Gaia Foundation. Recientemente, fue nombrado asesor de uno de los reyes de Benín y actualmente actúa como defensor cultural de más de ocho millones de personas Tolinu, cuyo territorio se extiende desde Benín hasta Nigeria. Contacto: aoussoulio@gmail.com
El Colectivo de Jurisprudencia de la Tierra de África es una comunidad de práctica dedicada a revitalizar los modos de vida indígenas para fortalecer la resiliencia. Acompañan a las comunidades africanas en sus procesos de descolonización, adoptando la filosofía y práctica de la Jurisprudencia de la Tierra. Su labor incluye recuperar la sabiduría ancestral, restaurar la soberanía sobre las semillas y los alimentos, proteger los sitios naturales sagrados y fortalecer los modelos de gobernanza basados en los ecosistemas. Contacto: amy@gaianet.org
Este artículo forma parte del número 2-2025: Cultivando la salud y la sanación
