Estamos en el norte de Malí, sobre el lecho seco del lago Kamango. Un oasis agroecológico se extiende sobre tres hectáreas recuperadas del desierto: invisible para el mundo, pero muy vivo bajo los pies de quienes lo habitan. Hombres, mujeres e infancias cultivan mijo, tomates, papas, calabacines, cebollas, caupí e incluso trigo. Es una manera de contribuir a la alimentación de casi 150 familias, al mismo tiempo que genera ingresos. Además, el huerto es una fuente de esperanza y resiliencia en una situación política marcada por la opresión estructural y el racismo.
“Hay una zona de no-ser, una región extraordinariamente estéril y árida, una pendiente completamente desnuda donde puede nacer una auténtica revuelta.» – Franz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (1952)
El primer pájaro en cantar es la tórtola. Su arrullo anuncia el amanecer en Tassadja-Farach, en medio del Sahara, a unos sesenta kilómetros de Tombuctú. Las dunas, todavía teñidas de rosa, se extienden como un rebaño que regresa de un espejismo. Los niños suben a sus burros y corren por el bosque de acacias rumbo al pozo.
Unos minutos después, los hombres llegan al pozo para dar agua a los animales y cargar los burros con bidones. Luego, los niños y niñas llevan el agua a los campamentos dentro de un radio de dos kilómetros. Se intercambian saludos y noticias entre los campamentos. Después, quienes cultivan ajustan su tagelmust y cada cual se dirige a su parcela. Durante varios años, la comunidad tuareg local, que tradicionalmente se enfocaba en la ganadería, ha ido adoptando la agroecología.
La decisión de permanecer
Aquí, en esta tierra sin 5G ni carreteras asfaltadas, nací yo, Hamadi Ag Mohamed Abba, a principios de los años sesenta. Pertenezco al pueblo Kel Ansar, presente en esta región desde el siglo XV y con derechos consuetudinarios sobre la tierra en este extenso municipio que abarca casi 10.000 km².
En esta cosmovisión, trabajar la tierra significa permanecer en el lugar que corresponde en el orden del mundo
Como muchas personas de esta comunidad, tuve que soportar el exilio. En 1990, cuando estalló la rebelión tuareg en el norte de Malí, me vi obligado a huir. La represión por parte de las fuerzas armadas malienses fue brutal. Me refugié en Mauritania, pero una década después decidí regresar a Tassadja-Farach.
Desciendo de una línea de personas semi-nómadas profundamente arraigadas en su territorio. En mi familia se transmiten historias sobre los jinetes de camellos del siglo XX, la resistencia frente a los saqueos en el norte y los diplomas colgados en las casas de barro. La historia local se mantiene con orgullo: la de una comunidad que ha sobrevivido durante siglos gracias al conocimiento, la solidaridad, la adaptación y el control preciso del clima, los ciclos de pastoreo y la gestión del agua. Para nuestro pueblo, resiliencia significa cultivar, cuidar, transmitir conocimientos y difundir las riquezas culturales de la identidad tuareg.
La agroecología en el desierto
En 2021, ante una sequía prolongada e inseguridad alimentaria, junto a un grupo de habitantes de Tassadja-Farach, lanzamos un proyecto de huerto en tres hectáreas del lecho seco del lago Kamango, parte del sistema lacustre de Faguibine en el distrito de Goundam.
Como personas jóvenes y en condiciones de trabajar, aseguramos el perímetro con una cerca de alambre y perforamos un pozo equipado con un sistema de bombeo de agua. Además de garantizar la seguridad y soberanía alimentaria de las personas locales, nuestro objetivo concreto era frenar el éxodo poblacional.
A pesar del flujo limitado de agua, ahora cultivamos con éxito una variedad de productos: tomates, ajíes, papas, remolachas, cebollas, berenjenas, calabacines, zanahorias, pimientos, repollo, mijo, caupí, algodón y maní. También prosperan cereales duros como trigo y maíz.
La siembra se realiza sin fertilizantes químicos ni pesticidas. Esta es la agroecología en su forma más directa: rural, colectiva, modesta y adaptada. Gestionamos como podemos, a pesar de la escasez de agua. Mohamed Assaleh Ag Moctar, jefe de la fracción, explica: “Hay un entusiasmo real por la agricultura, pero la falta de agua es un límite para la población.” Las personas agricultoras también enfrentan tormentas de arena, invasión de arena en los cultivos y plagas estacionales, fenómenos que se vuelven más frecuentes debido al cambio climático.
El perímetro también provee agua a los animales que pasan (alrededor de 550 cabezas). Durante la temporada seca, de enero a abril, las familias vienen cada mañana a cosechar lo que irá directamente a la olla. Así, la horticultura se ha integrado firmemente en los hábitos de la comunidad de Tassadja-Farach. Aunque la ganadería sigue siendo la principal fuente de ingresos y el foco del desarrollo económico, los vegetales ahora se consumen con arroz, pasta o en sopas acompañadas de takoula, el pan tradicional. Esto también tiene un beneficio para la salud, al limitar los efectos nocivos del consumo cada vez más frecuente de productos procesados con alto contenido de sal o azúcar.
La triple amenaza: violencia, desregulación climática y hambre
Esta lucha por la soberanía alimentaria adquiere todo su sentido si consideramos el contexto geopolítico en que ocurre: el de regiones periféricas sacrificadas a la lógica extractivista y militar del capitalismo globalizado. El norte de Malí, al igual que el Sahel, es hoy escenario de una violencia ignorada por la comunidad internacional: limpieza étnica, desplazamientos masivos forzados, militarización y apropiación de recursos.
Para nuestro pueblo, la resiliencia significa cultivar, cuidar, transmitir conocimientos y difundir la riqueza cultural de la identidad tuareg
Las poblaciones tuareg han sufrido opresión estructural y racismo desde la colonización francesa. El control del territorio va de la mano con el control del subsuelo: antes era la sal, hoy son el uranio, el litio y el petróleo. Desde la retirada de las fuerzas de la ONU a finales de 2023, el vacío dejado por las instituciones internacionales ha sido ocupado por el ejército maliense y las milicias rusas Wagner. Oficialmente allí “para combatir el terrorismo”, su presencia ahora significa asesinato de civiles, ataques con drones a mercados y otras infraestructuras civiles, quema de reservas de alimentos y violencia sexual contra mujeres y niñas. El miedo reina mientras la violencia continúa con impunidad y sin registro debido a la ausencia de periodistas en el terreno.
Las carreteras permanecen bloqueadas durante meses, paralizando el suministro de alimentos, medicinas y combustible. Los convoyes humanitarios son atacados regularmente, y la distribución de alimentos en zonas rurales se vuelve esporádica o incluso imposible. Los precios de productos básicos como papas, frutas, verduras, té y leche en polvo se han disparado: medio kilo pasó de 1.000 a 3.000 francos CFA (casi 5 €) en 2024. En cuanto a los pastores tuareg, la mayoría se ha visto obligado a migrar a otras zonas para garantizar la supervivencia de su ganado.
Según el Cadre Harmonisé para el periodo junio-agosto 2025, unas 140.000 personas en la región de Tombuctú enfrentan inseguridad alimentaria severa (fase 4 – Emergencia). Varias ONG han reportado que el hambre se utiliza como medio de control territorial y castigo colectivo. Aunque son cautas en su redacción, describen tácticas como bloqueos, destrucción de cultivos y obstrucción de ayuda humanitaria, sugiriendo que el hambre se explota con fines militares y políticos.
Los ataques con drones al mercado de Zouera y cerca de Tinaicha en julio de 2025 dejan en claro su intención: vaciar la región de su población originaria. Estas prácticas constituyen una violación del derecho humano a la alimentación según lo definido por el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Sin embargo, los mecanismos de protección son ineficaces y la respuesta internacional sigue siendo muy limitada.
El campamento de refugiados de Mbera, al otro lado de la frontera en Mauritania, donde se concentran unas 180.000 personas refugiadas de Malí, se ha convertido en el segundo asentamiento más poblado del país después de la capital. Entre ellas se encuentra mi familia.

Soberanía y resiliencia
Lejos de ser una práctica importada o meramente técnica, la agroecología aquí está arraigada en antiguas cosmologías y prácticas. Permite perpetuar conocimientos y semillas transmitidos de generación en generación. Por ejemplo, en algunas parcelas del huerto comunitario de Tassadja-Farach se observan hileras de pequeños agujeros distribuidos de manera uniforme, excavados a mano y llenados con estiércol antes de la temporada de lluvias. Esta es una técnica local inspirada directamente en el zaï saheliano, que concentra humedad y nutrientes alrededor de cada semilla.
Para las personas que habitan Tassadja-Farach, permanecer en la tierra es una decisión digna y valiente
Pero esta técnica es solo una faceta de una relación más profunda con la tierra. En la cultura tuareg, la tierra se percibe como un ángel piadoso, lleno de misericordia. Cultivarla es un acto virtuoso que trasciende las necesidades inmediatas: es una ofrenda para todos los seres vivos. En nuestra tradición, decimos que quien cultiva nunca está solo al disfrutar los frutos de su trabajo. Pájaros, insectos, personas, todos se benefician. Incluso si la cosecha falla, la recompensa divina está asegurada, porque la intención es buena. Para mí, trabajar la tierra significa permanecer en el lugar que corresponde en el orden del mundo.
El huerto comunitario se ha convertido tanto en fuente de alimentos saludables como en motivo para quedarse o regresar. Desde su inicio, han aparecido nuevas caras: jóvenes agricultoras y agricultores, familias que regresaron desde Mbera y se asentaron cerca de los cultivos. La agroecología es, por lo tanto, mucho más que una práctica agrícola: aquí, cultivar significa reafirmar la soberanía del pueblo tuareg. Para la comunidad de Tassadja-Farach, permanecer en la tierra es una decisión digna y valiente.
Para poner fin a la violencia, la inseguridad alimentaria y nutricional en Malí, se requiere inversión a largo plazo en sistemas de protección social y mecanismos de resolución de conflictos. También es necesario proteger y fomentar actividades agro-silvo-pastoriles a pequeña escala y familiares, esenciales para alimentar a la población de manera sostenible, saludable y resiliente frente a múltiples y complejos desafíos.
Epílogo
Cae la noche sobre Tassadja-Farach, mientras el viento se calma y el cielo se llena lentamente de estrellas. Los niños y niñas, de regreso al campamento con los burros, dan paso a una quietud interrumpida solo por el arrullo de la tórtola. Algunos preparan las semillas para el día siguiente. Vigilan la tierra como si fuera una promesa.
El norte de Malí es un territorio vasto, en gran parte desconocido y oculto a los ojos del mundo. Es un lugar asociado con el hambre y la guerra, pero rara vez con la belleza, la resiliencia y, mucho menos, con el éxito. Siguiendo el espíritu del filósofo Fanon, este oasis es verdaderamente una “auténtica transformación” en una “zona de no-ser”.
Autores: Hamadi Ag Mohamed Abba es originario de la región de Tombuctú, en Malí. Es experto en Ingeniería de Desarrollo Local y actualmente está retirado. Coordina y supervisa redes de agricultoras y agricultores agro-pastorales a pequeña escala y es activista por los derechos humanos. Hamadi escribió este artículo con Marion Girard Cisneros, comunicadora residente en Bruselas, quien colabora con numerosas organizaciones que promueven la cultura como vehículo para la paz, la soberanía alimentaria y el derecho humano a la alimentación. Contacto: mariongirardcisneros@gmail.com
Este artículo forma parte del número 3-2025: Tejiendo Resiliencia y Resistencia
