En Kajiado West, una región semiárida de Kenia donde confluyen las lluvias erráticas, la sequía y décadas de marginación, las comunidades maasai dedicadas al pastoreo están trazando su propio camino hacia la resiliencia. Su respuesta no proviene de agencias de ayuda ni de políticas impuestas desde arriba. Surge desde adentro: los grupos solidarios, la agroecología y la gobernanza comunitaria están transformando la crisis en oportunidad y la supervivencia en fortaleza.
Lo que emerge aquí es una red de resiliencia, entretejida con saberes ancestrales, liderazgos ejercidos desde distintas experiencias de género, prácticas ecológicas y una firme determinación política. Es una resistencia viva frente a la exclusión y una nueva manera de imaginar qué puede significar la justicia en las tierras secas.
De la solidaridad al ahorro
Las zonas de Shompole, Torosei y Oldony Nyokie, vecinas al lago Magadi de Kenia en la frontera con Tanzania, están habitadas en un 99% por población maasai. Tras una evaluación de necesidades comunitarias realizada en 2017, comenzaron a formarse los primeros grupos solidarios. Fueron principalmente las mujeres – quienes, según reveló el estudio, han soportado históricamente con el peso de la inseguridad alimentaria, el cambio climático y la supervivencia del hogar, pero también cuentan con una fuerte tradición de trabajo colectivo – quienes tomaron la iniciativa.
Los grupos de ahorro se han convertido en bancos locales, redes de seguridad en tiempos de crisis y motores de empoderamiento
Los grupos se fundaron sobre valores tradicionales inherentes a las comunidades maasai: respeto, honestidad, ayuda mutua, sentido comunitario, solidaridad y la noción africana de “soy porque tú eres”. Sus primeras acciones se centraron en ahorros conjuntos, agricultura en común y apoyo mutuo. Con el tiempo, estos pequeños colectivos evolucionaron hasta formar una red de 87 grupos hacia 2024, con más del 85% de mujeres en su membresía.
Los grupos se fundaron sobre valores tradicionales inherentes a las comunidades maasai: respeto, honestidad, ayuda mutua, sentido comunitario, solidaridad y la noción africana de “soy porque tú eres”. Sus primeras acciones se centraron en ahorros conjuntos, agricultura en común y apoyo mutuo. Con el tiempo, estos pequeños colectivos evolucionaron hasta formar una red de 87 grupos hacia 2024, con más del 85% de mujeres en su membresía.
La agroecología como resistencia
En los paisajes áridos de Torosei y Shompole, en el Gran Valle del Rift, la agroecología se ha convertido tanto en una estrategia de sustento como en una forma de revitalización cultural para el pueblo maasai. Tras la evaluación de 2016, en la que las mujeres manifestaron su deseo de diversificar la alimentación, la comunidad pastoral eligió a algunas personas para formarse como animadoras comunitarias. Ellas, a su vez, capacitaron a mujeres de la comunidad en la creación de huertos familiares. Hoy, estos huertos florecen junto a los corrales para el ganado. Las mujeres cultivan verduras reutilizando aguas grises y compost elaborado con estiércol de los animales.
Se introdujeron además sesiones comunitarias de cocina para promover una dieta más diversa, combinando los alimentos tradicionales de carne y leche con nuevos cultivos. Una mujer de Olkarar compartió cómo su familia, antes dependiente de la ayuda alimentaria, ahora consume verduras cultivadas a pocos pasos de su casa. Esta es también la historia de muchas otras familias.
Asimismo, se crearon comités de pastoreo y brigadas comunitarias para coordinar el pastoreo rotativo, evitar la degradación de la tierra y asegurar la regeneración del pasto incluso en temporadas con lluvias escasas. Jóvenes, entre ellos morans (guerreros jóvenes) y brigadistas comunitarios, recibieron formación de personas mayores y de especialistas técnicos para mapear zonas de pastoreo y monitorear límites ecológicos. En las áreas sobrepastoreadas, las comunidades sembraron pastos resistentes a la sequía y establecieron bancos locales de semillas.
Aquí la agroecología no es un paquete técnico: es una forma de cuidado – de la tierra, de la cultura y de la comunidad.

Mediando las políticas del agua
El agua sigue siendo un desafío cotidiano, mientras los impactos del cambio climático se sienten en las comunidades de Shompole, Torosei y Oldony Nyokie. Pero incluso en este ámbito, las comunidades están recuperando poder. Tras negociaciones lideradas por comités comunitarios de tierras y por la organización indígena Dupoto-e-Maa (Olkejuado Pastoralists Development Organization), la empresa Tata Chemicals Magadi, principal productora africana de sosa (utilizada en industrias como la del vidrio, los detergentes y el papel), apoyó la mejora de puntos clave de abastecimiento de agua. Esto incluyó reparaciones, gestión continua de la tubería principal y suministro de agua para escuelas y aldeas remotas.
Lo que antes fue una fuente de conflicto se ha convertido en un espacio de colaboración, demostrando cómo la diplomacia comunitaria de base puede transformar las relaciones entre empresas y comunidades.
Gobernanza desde la base: Una nueva arquitectura social
Las pequeñas contribuciones semanales en los grupos solidarios de ahorro – a veces tan solo de 20 chelines kenianos (unos 0,12 dólares) – se han convertido en un capital capaz de transformar vidas. Para 2023, algunos grupos habían acumulado más de 700.000 Ksh (unos 5.400 dólares). Las personas miembros utilizan los préstamos rotativos para pagar matrículas escolares, acceder a atención médica o comprar alimento para el ganado durante las sequías. En Enchuti, una viuda usó un préstamo del grupo para tratar la malaria de su hijo, y luego devolvió el monto con las ventas de leche. En Kona Maziwa, los grupos ahora prestan con un interés del 5%, muy por debajo de las tasas abusivas del mercado.
Estos grupos se han convertido en bancos locales, redes de seguridad en tiempos de crisis y motores de empoderamiento. Los libros contables revisados públicamente, las tesorerías electas y la resolución colectiva de disputas han fortalecido la confianza institucional.
La respuesta a las crisis no se externalizó: fue local, coordinada y basada en la ayuda mutua
Más allá de lo económico, los grupos solidarios – seguidos después por comités de tierras comunitarias, comités de paz, comités de pastoreo y foros comunitarios (todos creados a partir de la evaluación de necesidades de 2016) – han transformado la gobernanza local. Los comités de paz, elegidos por la comunidad y formados en resolución de conflictos, derechos sobre la tierra y planificación participativa, ahora median disputas que antes desbordaban a los tribunales.
Los Comités de Tierras Comunitarias se crearon en cumplimiento con la Community Land Act de 2016, que busca garantizar los derechos comunitarios sobre la tierra, incluidos los de las mujeres, al reconocer los usos y costumbres tradicionales y establecer estructuras de gestión colectiva. Estos comités son elegidos por la propia comunidad y reciben capacitación de Dupoto-e-Maa en análisis de conflictos, negociaciones de paz, estrategias de resolución, distribución de beneficios comunitarios y mediación.
La representación de género ya no es un tema secundario. En Shompole, el comité de tierras incluye hoy a tres mujeres entre sus 15 integrantes—un hito en un contexto donde históricamente las decisiones sobre la tierra estaban reservadas a los hombres. La sensibilización, el diálogo y la formación fueron claves para propiciar este cambio cultural y político.
Y no se quedan en palabras. En octubre y noviembre de 2024, mujeres organizaron protestas y bloquearon la carretera hacia Tata Chemicals, tras lo cual se reunieron con la Junta Directiva de la empresa para negociar el acceso a empleos para personas maasai graduadas y calificadas de la comunidad local. En Oldoinyo-nyokie, la subdivisión de tierras en disputa se detuvo luego de movilizaciones comunitarias. Las y los residentes, a través del comité del rancho colectivo, exigieron revisiones y sostuvieron foros abiertos hasta alcanzar un consenso.
Gestionar lo común e invertir en el futuro
La reserva comunitaria de Shompole, gestionada por la propia población local, genera más de 250.000 dólares anuales a través del ecoturismo y de otros fuentes. Tras procesos de fortalecimiento de capacidades, el comité de tierras comunitarias ahora convoca asambleas generales anuales para decidir el destino de esos recursos. Las inversiones se destinan a salarios de docentes, brigadistas comunitarios, becas para estudiantes y programas de alimentación escolar.
Estos últimos, en particular, han incrementado la asistencia y permanencia en la escuela, especialmente entre niñas que antes solían abandonar durante las temporadas secas. Hoy la educación no se concibe como un lujo, sino como un derecho – y una responsabilidad comunitaria.
Los comités de tierras de Shompole, Torosei y Oldoinyo-nyokie también han logrado asegurar fondos a través de acuerdos de distribución de beneficios en zonas de concesiones mineras. Cada comunidad recibió 178.000 dólares de Tata Chemicals Magadi para proyectos de desarrollo local, reforzando el principio de que los recursos deben servir a la gente, no para explotarla.

Cuando la crisis golpea, las comunidades son resilientes
Ningún sistema está a salvo de los impactos. En Torosei, una subdivisión de tierras ordenada por los tribunales en 2016 desató violencia cuando el gobierno dispuso que los ranchos colectivos se transformaran en esquemas de gestión comunitaria de la tierra. Varias personas resultaron hospitalizadas. En otros casos, las lluvias torrenciales arrasaron con semilleros en Pakase y Senta. En Oldoinyo-nyokie, las demoras burocráticas en el mapeo de límites agravaron las tensiones. En varias aldeas, los ataques de fauna silvestre destruyeron huertos de verduras.
Pero la red de resiliencia se sostuvo.
Los comités de paz intervinieron para mediar. Los grupos solidarios ofrecieron préstamos de emergencia. Las brigadas comunitarias organizaron patrullas para ahuyentar elefantes. Con apoyo de organizaciones como Dupoto-e-Maa y Fastenaktion, las comunidades resembraron semilleros y recuperaron huertos perdidos. La respuesta no fue impuesta desde fuera: fue local, coordinada y basada en la ayuda mutua.
Este modelo comunitario de resiliencia es profundamente intergeneracional. Las personas mayores transmiten conocimientos ecológicos, los morans y la juventud lideran las patrullas, las mujeres administran las finanzas y las niñas y niños permanecen en la escuela. Cada quien cumple un papel en el fortalecimiento del tejido de la resiliencia.
La resiliencia es allí donde las mujeres lideran, la juventud se organiza, las personas mayores aconsejan y las comunidades gobiernan
Y también es intersectorial. La agroecología, la educación, la salud, los derechos sobre la tierra y la gobernanza se abordan de manera integral, no en compartimentos aislados. Como muestra esta experiencia, Dupoto-e-Maa – una organización de confianza fundada por el propio pueblo maasai – ha cumplido un rol crucial de acompañamiento. No como proveedora de soluciones, sino como facilitadora de transformaciones lideradas por la comunidad. Dupoto-e-Maa convoca a personas mayores, lideresas y morans, y ocasionalmente incorpora profesionales con determinados saberes para dialogar con las comunidades.
Este enfoque desafía la tendencia de la industria del desarrollo a fragmentar sectores y financiar proyectos de corto plazo. En cambio, ofrece un ejemplo vivo de transformación sistémica arraigada en la solidaridad.
Una redefinición radical de la resiliencia
Las interpretaciones más comunes de la resiliencia suelen insistir en la idea de “volver a levantarse”. Pero para comunidades como las de Kajiado West, regresar al estado anterior ni es deseable ni es justo. Ese pasado se sostenía en la desigualdad, la exclusión y el colapso ecológico.
Aquí, la resiliencia significa negarse a volver a ese pasado injusto. Es construir nuevas normas—donde las mujeres lideran, la juventud se organiza, las personas mayores aconsejan y las comunidades gobiernan. Donde la salud ecológica es una responsabilidad compartida, y la autonomía financiera empieza con 20 chelines semanales.
Se trata de una comprensión radical, colectiva y política de la resiliencia.

Lo que comenzó con 17 grupos solidarios ha crecido hasta convertirse en un mosaico de gobernanza, ecología y empoderamiento que abarca 30 aldeas – de Empaash y Nolesenja a Oloosaen y Oloiri. No es un modelo importado. Es una forma de resistencia nacida en el propio territorio contra la injusticia sistémica, y una invitación a repensar cómo se construye la resiliencia.
Este modelo profundamente arraigado de gobernanza colectiva y cuidado ecológico surge de manera natural de los valores y normas sociales maasai, que priorizan la propiedad comunitaria, la responsabilidad mutua y el respeto a las personas mayores y a la tierra. El sistema de grupos etarios, la centralidad del ganado y la importancia de la negociación oral han reforzado desde hace generaciones una cultura donde las decisiones se toman de manera colectiva y la cohesión social es esencial. En un paisaje definido por la escasez – de agua, de pasturas y de servicios estatales – la solidaridad no es opcional: es cuestión de supervivencia.
El pueblo de Kajiado West nos recuerda que la verdadera transformación no nace en salas de juntas ni en manuales: se cultiva en las tierras áridas, se canta en las canciones tradicionales, se negocia en las manyattas y se defiende con voluntad colectiva. No se trata solo de sobrevivir – sino de diseñar, adaptarse y liderar.
Su mensaje es claro: la resiliencia no consiste en volver atrás. Se trata de avanzar hacia adelante juntas y juntos.
Autora: Stellamaris Mulaeh es especialista en desarrollo con más de dos décadas de experiencia trabajando junto a movimientos de base e iniciativas comunitarias en África Oriental. Es fundadora y directora de operaciones de Act for Change Trust y se desempeña como Coordinadora de Programas Nacionales en Fastenaktion. Ha recibido el Trailblazer Award for Climate Action 2025 y el premio Women on Boards Network (WOBN) Individual Empowering Grassroots Women Award. Contacto: mulaeh@fastenaktion.org
Este artículo forma parte del número 3-2025: Tejiendo Resiliencia y Resistencia
