Desde finales de la década de 1980, el municipio de Teresina, en el estado de Piauí —en el semiárido del nordeste de Brasil— ha impulsado la agricultura urbana y periurbana a través de su Programa Municipal de Huertas Comunitarias. Ante las amenazas del cambio climático, las desigualdades sociales y la presión por ocupar los terrenos para la construcción de viviendas, las y los horticultores defienden sus espacios. La experiencia de la huerta de Piçarreira muestra que actuar con rapidez y de manera colectiva puede marcar la diferencia entre perder o preservar un lugar.
A lo largo de las décadas, el municipio destinó más de 100 hectáreas de terrenos públicos a 42 huertas. Los productos que se cultivan en estas huertas comunitarias, divididas en parcelas individuales, también son vendidos directamente en el lugar por quienes los producen. Las y los habitantes de los barrios cercanos acuden allí para comprar verduras frescas. Sin embargo, a pesar del número de huertas, la ciudad sigue dependiendo en gran medida de alimentos traídos de otras regiones de Brasil.
En esta intersección entre presiones climáticas y sociales, la huerta es tanto fuente de sustento como espacio de resistencia
La combinación de calor intenso, disminución de la humedad promedio y lluvias cada vez más irregulares hace que cultivar resulte cada vez más difícil. Las huertas se han convertido en una primera línea para experimentar la crisis climática. El aumento de las temperaturas y la imprevisibilidad de las lluvias han reducido la productividad de cultivos que antes eran seguros. Estos cambios ambientales se suman a las desigualdades ya existentes.
Las mujeres negras, que representan el 78% de quienes trabajan en las huertas de Teresina, cargan con las labores agrícolas al mismo tiempo que con responsabilidades domésticas, el cuidado de las infancias, y la atención a personas mayores. Muchas recorren largas distancias a pie entre su casa y la huerta, a menudo bajo un calor extremo. En esa intersección entre presiones climáticas y sociales, la huerta se convierte tanto en fuente de sustento como en un espacio de resistencia.
En enero de 2021, la huerta comunitaria Fraternidade fue ocupada por personas que buscaban construir viviendas y otros edificios para luego alquilarlos. Este tipo de situaciones es común en las grandes ciudades de Brasil, donde existe una alta especulación con la tierra. La mayoría de estos terrenos termina convirtiéndose en favelas. La regulación por parte de las administraciones locales resulta complicada. A pesar de que las y los horticultores estaban registrados ante las autoridades locales y tenían derechos legales sobre las parcelas, nada ocurrió durante la invasión debido a la debilidad de los instrumentos de monitoreo y regulación.
Para las mujeres que trabajaban en Fraternidade aquel día, la ocupación se vivió como un desalojo violento de un terreno público que habían cultivado para su propia subsistencia. Cuatro años después, casi no queda evidencia de que allí hubiera existido una huerta: solo algunos plátanos maduros en los patios traseros y unos pocos bancales de ladrillo siguen visibles.
La huerta Piçarreira bajo amenaza
A solo 200 metros de Fraternidade se encuentra la huerta comunitaria Piçarreira. En el mismo período, también fue parcialmente ocupada, pero a diferencia de Fraternidade, la mayor parte de su terreno sigue dedicada al cultivo. Esto solo fue posible gracias a la movilización rápida y coordinada de quienes la cultivan.
El día del intento de toma permanece vívido en sus recuerdos. Ocurrió al mediodía, durante la pausa del almuerzo, cuando buscaban refugio del calor más intenso. Al regresar, encontraron parte de la huerta destruida. Maria do Socorro, de 66 años, recuerda:
Tras defender sus parcelas del desalojo, formalizaron legalmente su grupo
«Mi marido tiene problemas de salud y se puso muy mal. Fue como si estuviera muerto, se desplomó junto a la manilha. Se puso tan nervioso al ver que habían arrancado todo, que solo quedaron los bancales vacíos. Los frijoles, la calabaza, tantas plantas de quingombó, todo había crecido tan bien: lechuga, rúcula, col rizada, todo tipo de cosas. Cuando llegamos al mediodía, todo había sido devastado.»
Una vez que comprendieron que las áreas vecinas habían sido ocupadas, organizaron una vigilancia rotativa: mujeres durante el día y hombres durante la noche, para impedir que les sucediera lo mismo. Esta respuesta rápida y colectiva detuvo la invasión. Sin embargo, la amenaza persistió, con mensajes de los invasores indicando que la tierra de Piçarreira sería la siguiente, debido a su ubicación en una avenida muy transitada y de alto valor comercial.
A partir de ese momento, la necesidad de actuar colectivamente se fortaleció. La huerta comenzó a recibir prodctores/as desplazados/as de otros sitios invadidos, con miembros de larga trayectoria que dividieron sus parcelas para dar espacio a las nuevas personas. Esta solidaridad fue crucial, aunque la demanda llegó de forma repentina. Incluso cuatro años después, aún existe lista de espera para acceder a la tierra. Mantener toda la huerta cultivada se convirtió no solo en una estrategia de producción, sino también en una defensa visible frente a futuras ocupaciones.
De la defensa a la organización
Las horticultoras y horticultores de Piçarreira transformaron un momento de crisis en la base para una acción sostenida. Tras defender sus parcelas del desalojo, formalizaron legalmente su grupo como asociación, lo que les permite participar en procesos políticos, acceder a financiamiento y asegurar recursos.
Sin medidas públicas más sólidas, es probable que continúe el desplazamiento de pequeños productores de alimentos
Alcanzar este hito no fue sencillo. Más del 30% de quienes cultivan reportaron no saber leer ni escribir, lo que complicó el proceso burocrático. Con la guía de un técnico municipal, pudieron completar los trámites y obtener el reconocimiento oficial.
Aun con estatus formal, las presiones subyacentes persisten. Las autoridades locales han actuado poco para retirar a ocupantes ilegales o prevenir futuras invasiones. Las y los horticultores que perdieron su espacio no han sido reubicados por el municipio; algunas personas lograron obtener nuevas parcelas en Piçarreira gracias a la solidaridad de sus compañeros.

Lecciones de Piçarreira
La experiencia de Piçarreira demuestra que la resiliencia se construye a través de la organización colectiva. Cuando las huertas estuvieron bajo amenaza, la movilización rápida y el apoyo mutuo fueron decisivos para proteger el espacio. La solidaridad no fue una carga, sino una fuerza; acoger a horticultores/as desplazados/as reforzó la unidad del grupo y su sentido de propósito.
Al mismo tiempo, el proceso colectivo mostró límites. Aunque la asociación proporciona una plataforma para la toma de decisiones compartida, las prácticas cotidianas de compra y venta de insumos a menudo siguen siendo individuales. La mayoría adquiere herramientas, abonos y otros recursos para sus propias parcelas y venden sus productos de manera independiente. Esta coexistencia de estructuras colectivas con hábitos individualistas evidencia que la resiliencia no es un estado permanente, sino un equilibrio dinámico entre cooperación y autonomía.
Mirando hacia el futuro
La experiencia de Piçarreira forma parte de un panorama más amplio. Teresina, como muchas otras ciudades, enfrenta una crisis habitacional, migración rural impulsada por la expansión de agronegocios y proyectos de energía “verde”, y la ausencia de planificación urbana integrada. Sin medidas públicas más sólidas, es probable que continúe el desplazamiento de los pequeños productores de alimentos.
Las y los horticultores de Piçarreira ahora recurren a la narración de historias como forma de resistencia. Estamos trabajando con ellos/as para desarrollar un mapa co-creado que documente la historia y la presencia de mujeres negras en la agricultura urbana y periurbana de Teresina. Este trabajo replantea las huertas, no como proyectos caritativos, como a menudo las presentan narrativas municipales o académicas, sino como espacios autónomos, emancipatorios y refugios climáticos.
El cambio de narrativa es importante. Desafía la visión paternalista que presenta a las horticultoras como receptoras pasivas de ayuda, y pone en el centro su papel como agentes activas: defendiendo la tierra, adaptándose a los impactos climáticos y económicos, y sosteniendo la producción en condiciones extremas.
Para otras comunidades que enfrentan amenazas similares, Piçarreira ofrece lecciones valiosas: actuar rápido y de manera colectiva puede marcar la diferencia entre perder y preservar un espacio; mantener la tierra visiblemente cultivada desalienta ocupaciones oportunistas; formalizar una estructura colectiva fortalece la legitimidad política. Sobre todo, reconocer la historia y el liderazgo de quienes mantienen estos espacios transforma las huertas de simples parcelas cultivadas en territorios defendidos de pertenencia, trabajo y dignidad.
Autoría: Mariana Fiuza es investigadora en el Centro de Estudios Internacionales del ISCTE – Lisboa, donde realiza su investigación doctoral sobre huertas urbanas en Teresina, su ciudad natal. Kalil Luz es ingeniero agrónomo y analista ambiental en la Secretaría Municipal de Medio Ambiente de Teresina. Miembro de la Red de Agroecología de Piauí – ArREPIA. Cristiane Lopes es profesora y coordinadora del Centro de Experimentación en Agroecología de la Universidad Federal de Piauí. Nayla Gabrielle y Fabiano Santos son estudiantes del programa de Tecnología en Agroecología de la misma universidad. El Centro de Experimentación en Agroecología es un grupo d einvestigación y extensión de la Universidad Federal de Piauí, Brasil. Contacto: Mariana_Costa_Fiuza@iscte-iul.pt
Este artículo forma parte del número 3-2025: Tejiendo Resiliencia y Resistencia

