En el oeste de Kenia, la organización juvenil a través de Farm Labour Solidarity Building está transformando la manera en que las comunidades valoran la agricultura, el trabajo colectivo y los conocimientos indígenas. Desplazándose de una finca a otra, las y los jóvenes intercambian trabajo, relatos y saberes mientras enfrentan desafíos como la monetización del trabajo, los roles de género y el acceso a la educación. Demuestran cómo una agroecología basada en la solidaridad puede sostener tanto los medios de vida como el liderazgo – especialmente de las mujeres jóvenes -, sentando las bases de un futuro rural más cooperativo.
Es el inicio de la temporada de siembra en Mariwa, y el sol de la mañana extiende sus rayos sobre la finca de Mzee Dola Akomo mientras él conversa animadamente con un grupo de jóvenes. Al mismo tiempo, su esposa e hijos van y vienen entre la cocina y la casa principal, aparentemente preparando el desayuno. Un joven lee en voz alta una lista con los nombres de los participantes y sus tareas asignadas. “Empecemos a trabajar e intentemos ser rápidos, ya que tenemos invitados con nosotros”, dice Basil, coordinador de la Articulación Juvenil del clúster de Mariwa de la Liga de Campesinos de Kenia (KPL), mientras el grupo se dispersa para llevar a cabo sus tareas. Mientras tanto, cerca de 50 jóvenes – algunos de aldeas vecinas y tres procedentes de la Coordinación Europea de La Vía Campesina (ECVC), de visita de intercambio – limpian el entorno de la finca de Dola Akomo.
La juventud también aprende de las personas mayores a través de tradiciones orales, incluidas canciones populares
Los intercambios de trabajo en las fincas forman parte de la estrategia de la KPL para involucrar a la juventud en la agroecología campesina desde etapas tempranas, con el objetivo de transformar su percepción de la agricultura. Estos intercambios, conocidos como Farm Labour Solidarity Building (FLSB), organizan a jóvenes para desplazarse conjuntamente de una finca a otra y formar a otras y otros jóvenes en tareas agrícolas como arar, sembrar, desherbar, cosechar, limpiar el entorno, limpiar gallineros, retirar estiércol de los corrales, recoger agua, hacer compost, seleccionar semillas, construir viviendas, lavar ropa y utensilios, entre otras. Durante el FLSB, la juventud también aprende de las personas mayores a través de tradiciones orales, incluyendo canciones populares, sobre cómo realizar actividades agrícolas o utilizar herramientas específicas.
La idea del FLSB surgió durante la Escuela de Verano de la KPL en 2024, como respuesta a informes sobre la escasez de mano de obra agrícola causada por la mercantilización del trabajo. Se propuso a la juventud formar brigadas de trabajo inicialmente voluntarias, ya que se beneficiarían directamente en sus propias fincas familiares. A cambio, los hogares que acogen estas brigadas solo deben permitir la presencia de los jóvenes en sus casas. De este modo, jóvenes de distintos hogares se organizan para aportar trabajo, en contraste con el sistema capitalista que favorece a quienes disponen de más recursos. El FLSB garantiza que todas las fincas participantes tengan acceso a mano de obra, independientemente de su situación económica, promoviendo este enfoque colectivo.
Las fincas se seleccionan de la siguiente manera: todos los miembros de la KPL informan sobre sus actividades agrícolas y desafíos mediante encuestas completadas por jóvenes o familiares para identificar necesidades. Estos informes son revisados y compartidos con la Articulación Juvenil, que elabora un programa para fomentar la solidaridad en el trabajo agrícola. En este diseño, la juventud prioriza hogares encabezados por viudas, personas mayores, enfermas, huérfanas, mujeres solas, familias con dificultades económicas o no afiliadas. “Decidimos colectivamente a qué hogares acudir, empezando por los más necesitados y alternando entre casas de chicos y de chicas”, explica Basil.

Tras unas dos horas de trabajo, el cansancio comienza a hacerse notar entre un grupo de chicas y mujeres jóvenes, incluida Tephy, responsable financiera de la Articulación Juvenil de la KPL, que también participa en las labores. Se encuentra ahora en la entrada de la finca, como recuperando fuerzas mientras conversa animadamente. “Tendremos más tiempo para intercambiar cuando terminemos; ya casi hemos acabado”, dice. Al acercarse el final de la jornada, Tephy añade: “Las jóvenes participan en la decisión de a qué finca ir después, y a menudo priorizan hogares con chicas”, y también afirma: “El FLSB me dio voz como joven campesina. Además de aportar trabajo, también tengo derecho a decidir sobre los ingresos, lo que refuerza mi lucha contra el trabajo no remunerado de las mujeres y el silenciamiento de la juventud”.
Este programa cuestiona los roles patriarcales de herencia. En Mariwa, por ejemplo, las chicas ahora crían distintas especies de aves, como gallinas y palomas, que venden – una actividad tradicionalmente masculina -, mientras que en Nyamaggana, donde la agricultura era considerada tarea de mujeres, ahora los chicos participan en las labores del campo. El FLSB está sentando las bases de una nueva sociedad arraigada en el feminismo campesino.
Ganar dignidad con los Puntos de Trabajo
Durante el Festival de la Articulación Juvenil de la KPL en agosto de 2025, se introdujo el sistema de Puntos de Trabajo, mediante el cual cada joven obtiene un punto por día de trabajo agrícola, que puede convertirse en dinero para pagar tasas escolares y cubrir necesidades personales, como productos de higiene menstrual. Puntos por valor de 800.000 chelines kenianos (6.200 USD), financiados por una subvención de Thousand Currents, se destinaron al pago de matrículas escolares.
Algunos/as jóvenes tenían deudas educativas que provocaban expulsiones escolares y absentismo. La introducción de los Puntos de Trabajo aumentó significativamente la asistencia escolar, mejorando habilidades técnicas y académicas, así como la motivación. Paralelamente, el programa juvenil de Mariwa inició un proyecto avícola financiado con estos puntos, en el que los jóvenes adquieren inicialmente una pareja de aves. A medida que se reproducen, los polluelos se reintegran al sistema, ampliando el stock y convirtiéndolo en un activo, enseñando así principios de propiedad.
Uno de los principales retos es asignar un valor monetario a estos puntos. Para ello, se estiman los costes de trabajo con las familias anfitrionas y se envían evaluadores locales que determinan el trabajo necesario y su coste real, evitando sobreestimaciones o infravaloraciones.
Otro desafío es el abandono de jóvenes del FLSB debido a la falta de fondos para sostener los puntos de trabajo. En el clúster de Mariwa, el número descendió de 45 a 31; en Mulo, de 34 a 19; y en Rabolo, de 27 a 17. Esto sugiere que algunos/as jóvenes participan en el FLSB principalmente por las recompensas económicas, más que por un compromiso con la agroecología campesina. Para abordar este desafío, KPL consolidó y motivó a las juventudes que permanecieron mediante actividades específicas, como talleres relacionados con la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y de Otras Personas que Trabajan en Zonas Rurales, así como clases de informática. También se sensibilizó a las familias sobre la importancia del FLSB. Esto dio lugar a un ligero aumento de la participación. Recientemente, en Rabolo se han sumado dos nuevos hogares al movimiento, mientras que en Mariwa cinco hogares que anteriormente habían abandonado han vuelto a participar.

Lo que nos enseñaron los desafíos de participación
Otros desafíos que afectan al FLSB incluyen las largas distancias entre los hogares, que provocan ausencias, y los calendarios de los internados, que reducen la participación durante el curso escolar. La falta de implicación de las familias es otro obstáculo, ya que algunos padres y madres, al no comprender plenamente el valor del programa, retiran a sus hijos/as o priorizan las tareas domésticas por encima de las actividades del FLSB. Además, la participación de jóvenes procedentes de hogares no vinculados a KPL genera dificultades logísticas.
Para hacer frente a estos problemas, adoptamos soluciones específicas: trasladar las sesiones a lugares accesibles cercanos a los hogares de los participantes y programar las actividades en fines de semana y vacaciones escolares, en consonancia con los calendarios estacionales, al tiempo que se mantenía un contacto directo con las familias para explicar los beneficios del programa.
A partir de ello, aprendemos que los programas deben priorizar la proximidad y la flexibilidad en la planificación, y que los puntos de encuentro centralizados ayudan a reducir las barreras de desplazamiento. Asimismo, obtener el apoyo de las familias debe formar parte del trabajo inicial mediante procesos de sensibilización comunitaria, presentando el programa como complementario a las responsabilidades del hogar. También es necesario establecer criterios claros de participación para gestionar la incorporación de personas externas a la comunidad objetivo sin dejar de ser inclusivos.
Donde el trabajo compartido se convierte en un futuro compartido
Mientras las y los jóvenes líderes proyectan el futuro hacia cooperativas alimentarias, cupones y nuevas formas de intercambio, el núcleo del FLSB permanece intacto: jóvenes que eligen la solidaridad frente a la escasez y el aprendizaje frente al aislamiento. Lo que comienza como trabajo compartido en un hogar se transforma en una voz compartida, un conocimiento compartido y una responsabilidad compartida por la tierra y la comunidad. En Mariwa y más allá, quienes participan en estos intercambios no solo están cultivando alimentos, sino también una generación que concibe la agroecología, la cooperación y la dignidad como elementos inseparables de su futuro.
Están cultivando una generación que ve la agroecología, la cooperación y la dignidad como elementos inseparables de su futuro
Tephy y un grupo de jóvenes y chicas se reúnen con el resto bajo el árbol de mango en el hogar de Mzee Dola, donde los intercambios informales continúan mientras se sirve el desayuno. Esta es una tradición tras el FLSB. Durante estas sesiones, como las que tienen lugar en el hogar de Mzee Okundi en el clúster de Mulo, las y los jóvenes aprenden sobre hierbas poco comunes, sus nombres y las dolencias que tratan. En estos encuentros informales se comparten diversas habilidades y conocimientos indígenas, lo que pone de relieve la importancia del FLSB para ampliar las oportunidades de aprendizaje en agroecología.
Tras la jornada, las y los jóvenes regresan a sus hogares para asearse, mientras que los/as líderes de articulación juvenil, entre ellos Tephy y Basil, se dirigen a la oficina. Nos unimos a ellos en el camino y les preguntamos: «¿Cómo imaginan el FLSB dentro de cinco años?». Responden: «Estamos pensando en integrar el FLSB con las cooperativas alimentarias de KPL. El FLSB puede garantizar un suministro constante de alimentos autóctonos en el mercado de la cooperativa», explica Tephy. Basil añade: «Planeamos introducir un cupón que pueda intercambiarse por bienes y otros servicios en el mercado de la cooperativa, en sustitución de la valoración monetaria de los puntos de trabajo». Tephy asiente y concluye: «Hacemos un llamamiento a otros movimientos en todo el mundo para que consideren implicar a su juventud en el FLSB, y estamos abiertos a ofrecer formación».
Autores: David Otieno es productor campesino y miembro de la Liga de Campesinos de Kenia (KPL), donde actúa como asesor de políticas y editor jefe del equipo de prensa. Clifford Ochieng es productor a pequeña escala y miembro del equipo de prensa de la KPL. Ryan Maxwell es estudiante de ciencias agrarias en la Universidad de Nairobi y activista por la soberanía alimentaria. Contacto: kenyanpeasantsleague@gmail.com
Este artículo forma parte del número 4-2026: Las juventudes liderando la agroecología
