2026 | Ida Simonsen | Issue 4 Las juventudes liderando la agroecología

Escenificar la participación juvenil: lo que la juventud aprende y pierde en la gobernanza alimentaria global

Como representante juvenil de la ONU, Ida Simonsen fue testigo de cómo, en muchos casos, la participación de la juventud en la gobernanza alimentaria global solo sirve para reproducir mecanismos de formulación de políticas que legitiman la opresión, la cooptación y sistemas alimentarios excluyentes. En esta contribución, analiza qué falla y propone formas de construir estructuras de participación más adecuadas para las personas jóvenes.

Es octubre de 2023 y estoy sentada en el suelo de una sala de conferencias en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma. El edificio, laberíntico, imponente y originalmente encargado por el gobierno de Mussolini, parece diseñado para abrumar. Delegadas, delegados y personal organizador pasan apresuradamente de un lado a otro entrando y saliendo de la sala rumbo a distintos eventos paralelos relacionados con el Foro Mundial de la Alimentación.

A mi alrededor, jóvenes de todo el mundo esperan su turno para intervenir durante tres minutos sobre acción climática y sistemas alimentarios en nombre de sus “delegaciones”, que van desde grupos estudiantiles hasta organizaciones juveniles de pueblos indígenas o de la sociedad civil. Muchas personas han viajado largas distancias, han dejado de lado estudios, fincas, familias y movimientos. Están aquí con la esperanza de ser escuchadas por quienes toman decisiones que moldean los sistemas alimentarios globales. A medida que intervención tras intervención articula demandas urgentes y visiones de futuros habitables, empiezo a notar que ninguna de esas personas está en la sala. El poder institucional al que se supone debemos influir está ausente. Juventud hablándole a juventud, indefinidamente. Una incomodidad silenciosa se instala. ¿Por qué estamos aquí?

Esta pregunta refleja dudas estructurales sobre cómo se organiza, se valora y se instrumentaliza la participación juvenil en los espacios de gobernanza alimentaria global. ¿Cómo podemos hacernos escuchar y fortalecer nuestra capacidad colectiva de acción?

Un día de finales de verano en la granja CSA Pluk! en Ámsterdam. Foto: Ida Simonsen

Por qué importa la participación juvenil

Casi la mitad de la población mundial tiene menos de treinta años, y en África esta cifra alcanza incluso el 70%. Quienes tenemos cierta suerte heredaremos un futuro marcado por el caos climático, el colapso ecológico, los conflictos y el hambre. Quienes tienen menos suerte ya lo están viviendo. Si existe alguna posibilidad de transformar los sistemas alimentarios y alejarlos de los arreglos económicos y políticos explotadores y extractivistas que generan estas crisis, dependerá de las mentes, manos, corazones y del poder colectivo de la juventud. El destino de nuestros sistemas alimentarios no recae en la juventud como una lejana “próxima generación de líderes”, sino en la juventud como fuerza transformadora en el presente.

El futuro de los sistemas alimentarios del mundo depende de la juventud como fuerza transformadora en el presente

La participación juvenil en la gobernanza de los sistemas alimentarios no es, por tanto, una cortesía, una estrategia de imagen ni una casilla que marcar para legitimar instituciones. Las personas jóvenes tienen derecho a co-decidir las políticas que darán forma a las condiciones en las que viviremos durante décadas y que eventualmente transmitiremos tanto a las generaciones humanas como no humanas.

A medida que líderes mundiales han llegado a esta misma conclusión, en la última década la participación juvenil se ha convertido en un elemento casi indispensable de la gobernanza alimentaria internacional. Desde la FAO y el Convenio sobre la Diversidad Biológica, hasta un ecosistema creciente de plataformas multiactor, la juventud es cada vez más visible como asesora, negociadora, defensora, educadora, relatora e incluso como “motor de ambición”.

Muchas personas jóvenes han trabajado incansablemente en estos espacios. Han transformado su falta de poder institucional en autoridad moral, han amplificado las posiciones gubernamentales más ambiciosas, han incorporado perspectivas marginadas en las negociaciones, han construido alianzas transnacionales y han traducido procesos políticos complejos en herramientas para la organización local. La juventud dentro del Mecanismo de la Sociedad Civil y los Pueblos Indígenas del CSA, por ejemplo, ha impulsado visiones agroecológicas lideradas por jóvenes que desafían la creciente influencia del agronegocio tanto en los procesos de la FAO como en los gobiernos nacionales.

Trabajo agrícola comunitario en la granja CSA Pluk! en Ámsterdam, donde Ida cultiva. Foto: Pluk! Groenten van West

Resistir el “youthwashing”

Y, sin embargo, pese a todo este trabajo, persiste una tensión entre la participación significativa y la performatividad. La cuestión ya no es si la juventud está presente en los espacios de gobernanza alimentaria global, sino quién es invitada, qué se le pide hacer, en qué condiciones y a qué costo. Cuanto más seamos capaces de reflexionar colectivamente sobre estas preguntas y de elegir conscientemente nuestras estrategias – dentro y fuera de las salas de negociación -, más significativa será nuestra participación y menos vulnerables seremos al “youthwashing”. Este término se refiere a una práctica de cooptación en la que las instituciones instrumentalizan la ingenuidad, el trabajo, la imagen inspiradora y el carisma de la juventud para fines a los que esta no ha dado su consentimiento.

Conocí a una joven activista indígena muy activa en el (escaso) espacio asignado a pueblos indígenas y sociedad civil, pero también muy firme respecto a cómo debía – y no debía – utilizarse su participación. Después de cada intervención, decía en voz alta: “No me han consultado. No tienen mi consentimiento para usar mis palabras o imágenes sin mi aprobación”. En una conversación privada, explicó que, para ella, ser escuchada implica que las voces de su comunidad no solo se oigan, sino que se utilicen y se traduzcan en acciones que respeten su intención. Cualquier cosa menos que eso, afirmaba, no solo es inútil sino perjudicial, dado lo fácilmente que su presencia podía ser usada para legitimar visiones e intereses ajenos.

Fortalecer el acceso y la rendición de cuentas

La realidad es que la participación juvenil es altamente condicionada y condicionante. El acceso a espacios de toma de decisiones globales depende del dinero, del idioma, de políticas de visado, de credenciales y de contactos. Rara vez depende de la experiencia vivida o del trabajo de base. Los elevados costos de viaje hacen que jóvenes agricultoras, agricultores y organizadores comunitarios – especialmente del Sur Global – estén subrepresentados o completamente ausentes en los procesos internacionales.

El acceso a los espacios globales de toma de decisiones rara vez depende de la experiencia vivida o del trabajo de base

Durante mi mandato como representante juvenil, dediqué miles de horas de trabajo voluntario para involucrar a jóvenes en debates sobre biodiversidad y sistemas alimentarios y traducir nuestras realidades a responsables políticos. Sin embargo, en las conferencias, mis comidas y alojamiento estaban completamente cubiertos, con noches – aunque cortas – en hoteles de lujo pagados por el gobierno neerlandés. Durante el día, en los espacios de la ONU, me encontraba con personas jóvenes sin ese privilegio: alojadas en hostales precarios, con hasta cuatro horas diarias de desplazamiento y dependiendo de refrigerios gratuitos para sostener jornadas de más de 12 horas.

Entre estas personas motivadas, rara vez había jóvenes que trabajaran regularmente la tierra. A veces, nuestros espacios de reunión estaban marcados por el silencio de quienes no podían dejar sus tierras, ya fuera por el cuidado de cultivos, ganado o familias, por los costos de viaje o por visados rechazados. En ocasiones, esta falta de representación era utilizada por personal de la ONU o Estados para deslegitimar nuestras propuestas cuando resultaban incómodas.

En medio del teatro de la participación juvenil, ya existen tácticas – pequeños actos de rechazo y de reimaginación – que las personas jóvenes están desarrollando para conectar movimientos y resistir el tokenismo y la performatividad. Aunque aún está lejos de contar con la capacidad de financiamiento necesaria, la Global Youth Biodiversity Network (GYBN) es un ejemplo de cómo el apoyo financiero plurianual puede facilitar tanto una participación garantizada en negociaciones como la capacidad de secretaría y coordinación necesaria para organizar consultas colectivas y procesos de aprendizaje. Los resultados no se han limitado a la participación diplomática formal, sino que también incluyen amplios procesos de formación, intercambios y recopilación de aportes en la intersección entre biodiversidad y gobernanza de los sistemas alimentarios junto con juventudes de base, así como la elaboración de documentos de referencia. Estos últimos han sido y pueden ser utilizados por muchas personas que trabajan en el Convenio sobre la Diversidad Biológica y procesos relacionados.

Representantes juveniles de la ONU debaten la eliminación de la ganadería industrial en un borrador de resolución sobre biodiversidad y salud durante la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente de 2024 en Nairobi. Foto: Sanne Kruid

La necesidad de financiar de manera estructural a la juventud – con requisitos que fomenten enfoques más colectivos para apoyar la inclusión, por un lado, y sin imponer condiciones sobre los aportes de política que puedan surgir de estos procesos, por otro – también es crucial por otra razón. En ausencia de esfuerzos públicos para crear estructuras de participación juvenil inclusivas y autónomas, actores del sector privado pueden irrumpir y cubrir los vacíos de financiamiento con consecuencias ambiguas. Consideremos, por ejemplo, la ‘NextGen Ag Impact Network’ (NGIN), que ha financiado a decenas de “embajadores” de todo el mundo para participar en conferencias sobre sistemas alimentarios y semillas, y que está cofundada y financiada por la multinacional farmacéutica y agroquímica Bayer.

En última instancia, estas prácticas amenazan con reproducir una clase política global elitista y mecanismos de gobernanza que legitiman la opresión, la cooptación y trayectorias de desarrollo excluyentes para nuestros sistemas alimentarios

Abrazar una diversidad de estrategias

Afortunadamente, existen muchas formas de resistir el youthwashing y de construir mejores estructuras de participación. Todas comienzan con que las personas jóvenes desarrollen la capacidad de hacerse preguntas difíciles y de reflexionar junto a mentores y pares. Cuando la juventud aprende a desenvolverse en espacios de políticas públicas que ejercen presión, necesitamos apoyo no solo a través de financiamiento, sino también mediante la creación de espacios para co-definir estrategias que respalden nuestras prácticas y comunidades de base y que, por tanto, trasciendan los objetivos inmediatos de negociación y política. Cuando recibimos invitaciones a la mesa, debemos considerar a qué y a quiénes estamos respondiendo, y si nuestros esfuerzos se emplean mejor ocupando ese lugar o reorientando nuestras energías hacia estrategias alternativas.

Cuando recibimos invitaciones a la mesa, debemos preguntarnos a qué intereses estamos respondiendo

Esto requiere impulsar procesos sostenidos de fortalecimiento de capacidades en torno al análisis crítico de los escenarios internacionales de formulación de políticas alimentarias, nutricionales y agrícolas, y considerar cómo fortalecer la capacidad de acción de jóvenes que practican la agroecología. Implica transferencias intergeneracionales de conocimientos y aprender a imaginar futuros, a lo largo de nuestras vidas y más allá, fuera de repertorios reformistas y narrativas hegemónicas. Implica confrontar las estructuras de poder que reproducen la desigualdad. Implica asegurar que la juventud participe en todo el ciclo de toma de decisiones, desde el análisis de los problemas hasta la implementación y la evaluación, y que aprendamos a considerar y abrazar una diversidad de estrategias y tácticas.

Ida cosechando lechuga en la granja CSA Pluk! en Ámsterdam. Foto: Ilyanna Kerr

Hay mucho que aprender de las prácticas de La Vía Campesina, que ejemplifican no solo la combinación de estrategias de negociación formal y activismo de base – como asambleas campesinas, movilizaciones transnacionales y acción directa -, sino también una amplia formación política para la juventud.

Mirando hacia atrás, las experiencias más empoderadoras que he tenido en espacios internacionales de negociación y formulación de políticas siempre han estado relacionadas con el fortalecimiento de la solidaridad y la articulación de estrategias conjuntas con otras personas jóvenes y aliadas. Momentos en los que pudimos intercambiar sobre quién podía hacer qué desde sus capacidades, lo que permitió que algunas personas jóvenes presentaran intervenciones que otras querían hacer pero no podían, o encontrar formas de ceder la palabra a quienes de otro modo habrían sido silenciadas.

También hubo ocasiones en las que nos dimos el tiempo de confrontar nuestras dudas sobre distintas formas de participación juvenil. Esto ocurrió, por ejemplo, durante una conversación honesta sobre la participación juvenil en la gobernanza alimentaria internacional facilitada por el CSIPM, cuyos resultados fueron compartidos con la Oficina de Juventud y Mujeres de la FAO.

Estos esfuerzos nos recuerdan que sí generamos cambios, incluso cuando los espacios están diseñados para excluirnos, agotarnos y dividirnos. ¿Qué más podría lograr la juventud si se atreviera a cuestionar lo que se le ofrece sin más? ¿Y si empezáramos a ser honestas y honestos entre nosotras y nosotros sobre qué formas de participación se sienten realmente significativas? ¿Sobre los tipos de toma de decisiones agroecológicas que soñamos? Hemos aprendido a conformarnos con migajas porque eso es lo que se nos ha dicho que merecemos. Eso ya no es suficiente. Queremos nuestra parte del pan, del molino, de la semilla, de la tierra y de la mesa de negociación.


Autor: Ida Simonsen (28) es agricultora en un sistema de agricultura apoyada por la comunidad (CSA) y miembro coordinadora de la organización neerlandesa de La Vía Campesina Toekomstboeren (“Agricultores del Futuro”). En 2023 y 2024 ejerció un mandato de dos años como Representante Juvenil de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad y Alimentación para los Países Bajos. Contacto: ida@toekomstboeren.nl

Este artículo forma parte del número 4-2026: Las juventudes liderando la agroecología.