2026 | Natasha Van Hoff et al. | Issue 4 Las juventudes liderando la agroecología

Las juventudes indígenas están reconstruyendo el futuro del sistema alimentario de Sri Lanka

Las personas jóvenes están asumiendo roles de liderazgo en la comunidad indígena de Rathugala, en Sri Lanka. En un contexto marcado por el desplazamiento histórico, los bajos ingresos y los altos niveles de endeudamiento, jóvenes agricultoras y agricultores están haciendo de la agroecología una realidad práctica. Las personas mayores de la comunidad no estaban convencidas al inicio, pero cuando llegaron las cosechas, su resistencia cedió.

Las y los pequeños productores constituyen la base de la producción alimentaria de Sri Lanka, sosteniendo las necesidades alimentarias cotidianas del país. Sin embargo, desde que se instauró la economía abierta en 1977 y se liberalizó la agricultura, los fertilizantes químicos y los insumos agroquímicos se han arraigado profundamente. El Estado ha favorecido cada vez más la agricultura comercial y a las grandes empresas agroindustriales como modelo de desarrollo preferente. Las consecuencias para el sistema alimentario han sido significativas: la salud del suelo se ha deteriorado gravemente, la diversidad de cultivos se ha reducido y la seguridad alimentaria se ha debilitado incluso dentro de las propias comunidades agrícolas.

Para quienes cultivan la tierra, estos cambios han sido profundamente personales. La expansión de la enfermedad renal crónica en los distritos arroceros ha sido generalizada y puede vincularse al uso excesivo de fertilizantes químicos. Los precios de los productos fluctúan con frecuencia, mientras que el costo de los insumos sigue aumentando, lo que obliga a las y los agricultores a vender con pérdidas a molinos privados o intermediarios. El ciclo resultante de endeudamiento ha llevado a muchas personas al límite, siendo la deuda y los suicidios una realidad alarmante.

Nuestra respuesta no es debatir, sino demostrar: mostrar resultados y dar ejemplo con la práctica

Para las juventudes, este panorama ofrece pocos incentivos. En todo Sri Lanka se repiten las mismas preocupaciones: agricultoras, agricultores y pescadores lamentan que las nuevas generaciones ya no quieran trabajar la tierra, mientras que quienes envejecen en el campo se preguntan quién continuará con sus medios de vida cuando ya no estén. Los bajos ingresos, las deudas y las exigencias físicas y económicas de la agricultura han alejado a las personas jóvenes del campo. Incluso quienes se sienten atraídas por enfoques agroecológicos enfrentan una barrera particular: años de agricultura intensiva en químicos han dejado los suelos degradados, y la transición hacia prácticas orgánicas y regenerativas exige trabajo intensivo, tiempo y recursos que las personas jóvenes rara vez pueden asumir por sí solas.

Comunidades indígenas y saberes desplazados

Uno de los ejemplos más claros de este cambio se está desarrollando en Rathugala, una pequeña aldea indígena en la zona seca del sureste de Sri Lanka. Ubicada cerca del Parque Nacional Gal Oya, Rathugala alberga a una de las pocas comunidades “Adivasi” que aún existen en el país. Los Adivasi se encuentran entre los habitantes más antiguos conocidos del país, y su presencia es anterior a los asentamientos cingaleses y tamiles registrados. En tiempos antiguos, estas comunidades, que habitaban en cuevas, desarrollaban relaciones estrechas con los bosques, ríos y la fauna circundante. El bosque les proporcionaba alimento, carne de caza, miel y medicina.

Miembros de la comunidad caminando a lo largo del dique del embalse. Foto: Amalini De Sayrah

Al igual que otras comunidades indígenas de Sri Lanka, este modo de vida fue interrumpido por la colonización, los proyectos de irrigación, las leyes de conservación de la vida silvestre y los programas de desarrollo. En el caso de la comunidad de Rathugala, la ruptura decisiva ocurrió a inicios de la década de 1940, cuando una gran población indígena que vivía en los bosques de la montaña Daanigala fue desplazada por la creación del sistema de riego de Gal Oya. La comunidad fue dispersada de manera involuntaria, y Rathugala fue una de las aldeas donde finalmente se asentó un clan.

Separada del bosque que la había sostenido durante generaciones, la comunidad pasó a depender principalmente de la agricultura de chena, un sistema de cultivo itinerante en el que una parcela se cultiva durante una temporada y luego se deja regenerar, mientras las y los agricultores se trasladan a otra parcela al año siguiente. Además, las personas de la comunidad continuaron complementando sus medios de vida recolectando miel silvestre y cosechando pequeños frutos y plantas medicinales ayurvédicas en las áreas de bosque a las que aún tenían acceso.

Para las juventudes de Rathugala, la transmisión del conocimiento tradicional ha estado durante mucho tiempo integrada en la vida cotidiana. Las personas jóvenes aprendían las habilidades que definían la relación de su comunidad con el bosque: la recolección de miel, la cosecha estacional de plantas medicinales, los ciclos de la agricultura itinerante y las prácticas de caza transmitidas de generación en generación. Más que una enseñanza formal, se trataba de una experiencia vivida, donde el conocimiento se transmitía a través de la participación y la presencia en el territorio.

Sin embargo, esta transmisión se ha vuelto cada vez más frágil. Las prácticas tradicionales han disminuido con el desplazamiento y los efectos de la agricultura industrial; el conocimiento tradicional se ha perdido, y las nuevas generaciones se están alejando de los medios de vida vinculados al bosque que han dado forma a la identidad de la comunidad. Ante la falta de ingresos dentro de la aldea, muchas personas jóvenes abandonan Rathugala para migrar a las ciudades, donde trabajan en labores manuales o en hoteles.

En este contexto, el Comité de Desarrollo Indígena de Rathugala (RIDC) inició su etapa más reciente y significativa. El RIDC fue establecido por primera vez en la década de 1980, pero a lo largo de los años se fue estancando de manera recurrente, funcionando solo por períodos breves antes de perder impulso. Las razones fueron en gran medida internas. La gobernanza se concentró en torno al líder indígena, con familiares cercanos ocupando puestos clave dentro del comité, lo que derivó en un uso indebido de fondos y recursos. La toma de decisiones se mantuvo arbitraria y personalizada, en lugar de ser colectiva.

La energía juvenil llega a Rathugala

En noviembre de 2024, el RIDC fue reactivado, y esta vez algo fue diferente. Por primera vez, el comité reflejaba una diversidad real de edad y género. Al líder comunitario se le asignó un rol asesor, abriendo espacio a nuevas voces. Jóvenes de la comunidad asumieron roles de liderazgo: una persona joven fue elegida como presidenta o presidente y otra como secretaria o secretario, y las mujeres estuvieron representadas en mayor número que antes.

Miembros de la comunidad indígena realizando el ritual indígena “Kiri Koraha” para invocar las bendiciones de ancestros y deidades. Foto: Natasha Van-Hoff

Hoy, el RIDC trabaja en múltiples dimensiones de la vida en Rathugala: cultural, social y económica. Organiza eventos culturales orientados a preservar y proteger las tradiciones indígenas de la comunidad y apoya iniciativas educativas para las niñas y los niños. La construcción de soberanía alimentaria, un esfuerzo basado en principios agroecológicos, está en el centro de su trabajo económico.

Las y los nuevos miembros jóvenes del RIDC fueron rápidamente invitadas/os a participar en una serie de talleres ofrecidos por la red campesina MONLAR (Movimiento por la Reforma Agraria y la Tierra), donde se encontraron con otras personas agricultoras que enfrentaban las mismas preguntas. Estos talleres fueron más allá de la agroecología e incluyeron temas como derechos sobre la tierra, medios de comunicación y la política de los sistemas alimentarios. Esto les ofreció un marco para comprender luchas que hasta entonces se sentían puramente locales y personales. Para las personas jóvenes, algo cambió. Comenzaron a ver con claridad lo que estaba ocurriendo con agricultoras y agricultores como ellas y ellos, y lo que la soberanía alimentaria podía significar en la práctica. Les impactó la posibilidad de la agricultura orgánica, algo fundamentalmente distinto de la agricultura dependiente de químicos hacia la que su comunidad había sido empujada durante generaciones.

Los frijoles mungo fueron un punto de partida práctico y accesible, en lugar de un cambio radical

Motivadas por lo aprendido, las personas jóvenes y quienes ocupaban cargos en el comité comenzaron a trazar pasos concretos hacia el futuro. Su primer proyecto fue incentivar a las y los agricultores de la comunidad a transitar hacia el cultivo orgánico. Eligieron deliberadamente el frijol mungo; esta leguminosa requiere poco o ningún fertilizante, y el único insumo químico que se utilizaba anteriormente en su cultivo era un pesticida contra gusanos, que sabían podía ser reemplazado por medios orgánicos. En este sentido, el frijol mungo representaba un punto de entrada práctico y accesible hacia la agricultura orgánica, más que un cambio brusco respecto a lo que las y los agricultores ya conocían.

Las personas jóvenes distribuyeron semillas de frijol mungo de manera gratuita entre sus miembros y les pidieron que las cultivaran. Cuando, a inicios de 2025, llegó la cosecha, recuperaron el 125% de las semillas que habían distribuido originalmente, suficiente para conservarlas para la siguiente temporada de siembra y aún contar con un excedente. Con los pequeños ahorros acumulados, compraron 2.500 kilogramos de frijol mungo directamente a las y los agricultores de la zona, evitando a los intermediarios que normalmente fijaban los precios. Almacenaron la cosecha durante ocho meses antes de sacarla al mercado, asegurando que las y los agricultores recibieran un precio significativamente mejor del que habrían obtenido de otra manera.

Las personas mayores de la comunidad no estaban convencidas al inicio y dudaban de que el experimento tuviera éxito. Pero cuando llegaron los resultados, su resistencia cedió. El almacenamiento en sí también fue un experimento. El comité utilizó técnicas tradicionales de envoltura, conservando la cosecha con hojas medicinales que las propias personas agricultoras identificaron y proporcionaron. Fue un acto pequeño pero deliberado: un recordatorio de que el conocimiento tradicional sigue teniendo valor práctico.

Alimentando Nyéléni

El logro más ambicioso del comité llegó en septiembre de 2025, cuando Sri Lanka acogió el tercer Foro Global Nyéléni sobre Soberanía Alimentaria, un evento de diez días que reunió a cerca de 800 participantes de todo el mundo. Las personas jóvenes que ocupaban cargos en el RIDC propusieron que podían proveer sandías orgánicas para el evento.

Esta propuesta fue recibida con bastante escepticismo por parte de los miembros más veteranos del RIDC, dado que era la temporada seca y Rathugala depende casi por completo del agua de lluvia para el cultivo. Sin desanimarse, las personas jóvenes identificaron a once agricultoras y agricultores dispuestos a intentarlo. Seis eran jóvenes y cinco tenían más de cincuenta años. Para hacer frente al desafío del agua, la comunidad ideó una solución colectiva: recogieron agua del arroyo del pueblo y de pozos cercanos, transportándola en baldes hasta llenar un tanque ubicado cerca de las tierras de cultivo. Desde ese tanque, el agua se distribuía a los cultivos.

Limpieza del terreno. Foto: Amalini De Sayrah

Nueve de las once personas agricultoras tuvieron éxito. En conjunto, produjeron más de 2.000 kilogramos de sandías, de los cuales 800 kilogramos se enviaron al Foro Nyéléni y los 1.500 kilogramos restantes se vendieron en tiendas de pueblos cercanos. Cada porción consumida por las casi 800 personas participantes internacionales del foro fue cultivada en Rathugala por agricultoras y agricultores indígenas. La mitad de los ingresos se destinó al fondo del comité. Además, el éxito del proyecto tuvo una consecuencia duradera: tras demostrar que el cultivo en temporada seca era posible, el comité recibió apoyo para construir cinco pozos agrícolas en la comunidad.

Liderazgo juvenil

El RIDC cuenta actualmente con 104 miembros, de los cuales 50 tienen menos de 40 años. La representación de las mujeres, aunque sigue siendo menor que la de los hombres, incluye a 35 mujeres jóvenes, una presencia que marca un cambio respecto a la historia organizativa previa de la comunidad. Las personas que ocupan cargos directivos, incluido el coautor Sameera como presidente y una mujer joven como secretaria, son también jóvenes, lo que representa una diferencia significativa respecto a una comunidad donde las personas mayores han ejercido tradicionalmente la autoridad sobre todos los aspectos de la vida.

Esto no fue casual. La comunidad eligió conscientemente el liderazgo juvenil, tomando en cuenta las lecciones de experiencias pasadas: exclusión, estancamiento y el progresivo alejamiento de las generaciones más jóvenes de la vida comunitaria. La representación juvenil en los espacios de liderazgo fue entendida como una necesidad estructural, no simplemente como un gesto. Sin embargo, el nombramiento no implicó una aceptación automática; quienes ocupan estos cargos han tenido que luchar activamente para que sus voces sean escuchadas y sus decisiones respetadas.

La representación juvenil en los espacios de liderazgo fue identificada como una necesidad estructural, no como un gesto

Las y los jóvenes han formado equipos para abordar distintas dimensiones del sistema alimentario. Un equipo se enfoca específicamente en la conservación de semillas y su calidad, trabajando para preservar variedades indígenas. Otro equipo, liderado por una mujer indígena joven, se encarga de la cría de animales y ganado, y experimenta con la producción de fertilizantes orgánicos. Existe también un equipo de educación que trabaja en la preservación de las lenguas indígenas y ofrece enseñanza en inglés. Un grupo de jóvenes emprendedores y personas de negocios de la comunidad indígena también forma parte del comité y mantiene conversaciones continuas sobre posibles colaboraciones.

El comité también ha incorporado de manera deliberada un enfoque inclusivo en el acceso a la tierra. Si una persona joven desea unirse pero no posee tierra, se le invita a cultivar parcelas no utilizadas. Esto refleja una tradición más amplia de la comunidad, donde históricamente la tierra ha sido trabajada de manera colectiva en lugar de ser considerada propiedad privada. Aunque el cultivo mantiene un carácter colectivo en su espíritu, la persona agricultora que posee el permiso sobre una parcela determinada conserva los ingresos de lo que allí se produce.

Cultivar la soberanía alimentaria en sus propios términos

Las personas jóvenes han discutido formas de hacer que la agroecología resulte más atractiva para otras juventudes. Sus propuestas son prácticas: acceso a maquinaria fácil de usar, una mejor valorización de lo que producen las y los agricultores, y el alejamiento de las estructuras explotadoras que durante mucho tiempo han perjudicado a los pequeños productores.

Aunque la práctica de la agroecología aún se encuentra en una etapa temprana para el RIDC y las juventudes de Rathugala, los principios que la sustentan resuenan profundamente con valores que la comunidad ha sostenido durante mucho tiempo. Recuperar su sistema alimentario no es únicamente una tarea agrícola; es un acto de dignidad y resistencia, la recuperación de aquello que les fue arrebatado por la fuerza. A través de la revitalización del conocimiento indígena y del poder de la toma de decisiones colectiva, las y los jóvenes del RIDC están construyendo algo que va más allá de la seguridad alimentaria. Están cultivando soberanía alimentaria, en sus propios términos y arraigada en su territorio.

Sameera, observando sus campos, parcialmente sembrados con variedades tradicionales heredadas cultivadas de forma orgánica. Foto: Natasha Van-Hoff

El RIDC trabaja ahora en su proyecto más orientado al futuro: una finca juvenil donde convergen alimentación, cultura y medios de vida. El presidente, la secretaria y otras personas jóvenes ya han comenzado a limpiar el terreno y han cultivado su primera cosecha de calabazas. Junto a la finca, el comité planea construir un pequeño restaurante que emplee a jóvenes de la comunidad, obtenga sus ingredientes directamente de la finca y ofrezca un menú basado en recetas indígenas.

Las personas de la comunidad están recolectando activamente semillas nativas —variedades que han desaparecido silenciosamente de los campos de Rathugala en las últimas décadas— con la esperanza de cultivarlas y reintroducir cultivos olvidados. La finca se concibe no solo como un espacio productivo, sino como un ejemplo vivo, un lugar donde miembros del comité y personas de comunidades cercanas puedan ver, en la práctica, que la agroecología no es una abstracción ni una utopía. Es algo que puede hacerse, en esta tierra, por estas personas, aquí y ahora.

En 2027, Rathugala tiene previsto acoger las celebraciones del Día Mundial de los Pueblos Indígenas. Las y los jóvenes del comité planean producir la fruta, las papas y otros vegetales necesarios para el evento íntegramente en su propio territorio, conservando las semillas con anticipación, cultivando de forma colectiva y siguiendo principios agroecológicos en todo el proceso.

Un argumento hecho visible

No todo en este proceso es sencillo. Las personas mayores del comité apoyan la agroecología en principio, pero existe una brecha entre el respaldo y la acción cuando se trata de cambiar realmente las prácticas agrícolas. Las personas mayores se muestran reticentes a experimentar con la agroecología en sus propias tierras, especialmente durante la temporada de cosecha, cuando el temor a una reducción de los rendimientos se siente muy real.

Cuando las juventudes asumen cargos y lideran desde dentro, el cambio real se vuelve posible

Las personas jóvenes lo entienden. Saben que la cautela de las personas mayores proviene de décadas de experiencia en un sistema que castiga el riesgo. Su respuesta no es debatir, sino demostrar: poner en marcha proyectos piloto, mostrar resultados, dar ejemplo con la práctica. Precisamente por eso la finca juvenil es tan importante para ellas y ellos. No es solo una finca; es un argumento hecho visible, una prueba de que la agroecología no es un ideal romántico, sino una realidad práctica, construida por manos jóvenes indígenas en una comunidad que ya ha sido desplazada una vez de la tierra que considera su hogar.

Pero quizá lo más importante es el espacio que las juventudes han decidido ocupar. En una comunidad indígena donde las personas mayores han tenido tradicionalmente la autoridad sobre todas las decisiones, habría sido fácil —y esperado— que las personas jóvenes se limitaran a esperar su turno. El RIDC muestra lo que ocurre cuando no lo hacen. Cuando las juventudes asumen cargos y lideran desde dentro, el cambio real se vuelve posible.


Autores/as: Natasha Van Hoff (29) es investigadora independiente y activista, y actualmente coordina la People’s Alliance for Right to Land (PARL) en Sri Lanka. Damith Dissanayake (Sameera) (29) es presidente del Comité de Desarrollo Indígena de Rathugala (RIDC) y joven agricultor. Loku Banda (38) es vicepresidente del RIDC, agricultor y líder de la iniciativa de la finca juvenil. Contacto:   natashavanhoff@gmail.com

Este artículo forma parte del número 4-2026: Las juventudes liderando la agroecología