En la búsqueda de llevar las palabras a la práctica, un grupo de jóvenes inició un huerto educativo en una escuela agrícola intercultural en la selva del Chocó ecuatoriano. Estudiantes indígenas están aprendiendo a trabajar con semillas nativas, plantas medicinales y saberes tradicionales. En una región donde el abandono estatal está dando lugar a la violencia y la migración, este huerto aporta destellos de esperanza y resistencia cultural.
El amanecer irrumpe en la selva del Chocó bajo, en la provincia ecuatoriana de Esmeraldas, uno de los territorios más biodiversos del mundo. A lo lejos, los monos aulladores y un coro de aves anuncian el nuevo día. Este es uno de los lugares más biodiversos del planeta: lluvioso, con ríos cristalinos y árboles imponentes envueltos en las nubes de la mañana temprana.
Desde lo alto, un halcón observa un paisaje marcado por la fragmentación. Cultivos de cacao, palma aceitera, palmito, plantaciones forestales, pastizales y pequeñas comunidades se han expandido desde la década de 1980, avanzando de manera implacable sobre el bosque. Camiones cargados de madera recorren continuamente caminos de grava. La tala es la norma y sostiene la economía de muchos hogares. Autos y motocicletas transitan por carreteras deterioradas que se vuelven aún más intransitables durante la temporada de lluvias, debido al barro constante.
Esmeraldas es una provincia donde el abandono estatal se siente profundamente, especialmente en zonas tan remotas. La deserción escolar, la violencia de género, el embarazo adolescente, la malnutrición y la migración son algunas de las consecuencias de este abandono, que afecta de manera particular a niñas, niños y juventudes indígenas.
El territorio y sus tensiones
A orillas del río Canandé se encuentra la comunidad de Naranjal de los Chachis, una de las seis comunidades de la nacionalidad indígena Chachi en esta parte de la provincia de Esmeraldas. Aunque la presencia chachi en la provincia se remonta a más de 400 años, la comunidad de Naranjal se estableció en este territorio hace aproximadamente seis décadas. Hoy es una comunidad relativamente grande, con más de 1.500 habitantes, cuya economía se basa principalmente en el cultivo de cacao y la extracción de madera.
Para muchas personas jóvenes, migrar a las ciudades se ha convertido en la única forma de imaginar un futuro diferente
Fuera del centro poblado se extienden fincas familiares dominadas por monocultivos de cacao, balsa (madera liviana del árbol Ochroma pyramidale, utilizada principalmente en la industria de la energía eólica), plátano y yuca. Esta homogeneización productiva también se refleja en las dietas diarias, centradas en carbohidratos – principalmente arroz -, algunas proteínas y productos ultraprocesados traídos desde Golondrinas, el centro urbano que abastece toda la zona.
El bosque, cada vez más lejano, ya no provee como antes. La caza ha dejado de ser una actividad principal y la pesca se practica cada vez menos. El conocimiento de los sistemas alimentarios tradicionales se está perdiendo, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
La agricultura está fuertemente condicionada por los mercados nacionales y globales; los cultivos se eligen en función del precio y se venden a intermediarios. Este modelo no solo degrada los suelos, sino que también los contamina con agroquímicos y debilita la soberanía y la seguridad alimentaria de la comunidad.
Estas tensiones se agravan con el narcotráfico, la violencia de pandillas, el consumo de drogas, el alcoholismo y la inseguridad, que reducen los espacios seguros y las oportunidades para las juventudes. Las oportunidades de educación y empleo son limitadas, particularmente para las mujeres en un contexto de machismo profundamente arraigado. Para muchas personas jóvenes, migrar a las ciudades se ha convertido en la única forma de imaginar un futuro distinto.

Un huerto como respuesta
Frente a esta realidad, en 2024 comenzó a tomar forma un oasis de esperanza en Río Canandé, una escuela agrícola intercultural bilingüe donde se hablan cha’palaa, español e inglés. Este tipo de escuelas busca respetar los saberes ancestrales al tiempo que incorpora conocimientos y perspectivas de otras culturas.
Un grupo de jóvenes que estudia allí decidió cuestionar las dinámicas existentes creando un huerto agroecológico llamado Feete Telele, que significa “Raíces fuertes” en cha’palaa. La iniciativa surgió porque – debido a la falta de financiamiento y al insuficiente apoyo estatal a la educación intercultural bilingüe en Ecuador y a las escuelas agrícolas en general – el estudiantado no contaba con un espacio donde poner en práctica sus conocimientos. También compartían el sueño de convertir su escuela en una institución autosostenible, capaz de producir alimentos saludables para abastecer a las familias de la comunidad.
Esta iniciativa se inspiró en una visita previa que realizaron, junto con una persona docente, a un huerto agroecológico en una comunidad cercana. Ese encuentro les motivó a replicar la experiencia en su territorio, adaptándola a su propia visión de la escuela y del aprendizaje.
Como muchas escuelas agrícolas de la región – y del país – la escuela de Río Canandé no contaba con un huerto establecido ni con espacios adecuados para el aprendizaje práctico, a pesar de que esto forma parte de su currículo. Frente a esta carencia, el estudiantado decidió crear su propio espacio de aprendizaje.
Con el apoyo de jóvenes parabiólogos/as (personas de la comunidad capacitadas como asistentes de investigación en campo) de la Fundación Reserva Tesoro Escondido y del profesorado, lograron recuperar 1.500 metros cuadrados de terreno abandonado y transformarlo en un espacio vivo de aprendizaje, experimentación y convivencia.

A lo largo de este proceso, participaron en formaciones sobre agroecología, permacultura, salud y restauración de suelos, elaboración de biofertilizantes e insumos orgánicos, y construcción de filtros lentos de arena para agua, entre otros temas. Para la mayoría, estos conocimientos eran completamente nuevos y les permitieron descubrir formas distintas de cultivar y relacionarse con la tierra.
Con estas herramientas, diseñaron colectivamente y comenzaron a construir su huerto, preguntándose qué tipo de espacio querían para sí mismos, para su escuela y para las futuras generaciones.
Aprender haciendo, superar barreras
En el huerto construyeron camas elevadas y sembraron cultivos de ciclo corto y largo como caña de azúcar, tomate, rábano, yuca, piña, maíz, maní, pepino y diversas variedades de leguminosas y hierbas. También están desarrollando un área de plantas medicinales para recuperar saberes asociados, así como un espacio agroforestal. Además, comenzaron a producir fertilizantes orgánicos y agentes de biocontrol, utilizados tanto en el huerto como en sus fincas familiares.
La selección de cultivos respondió a varios criterios: primero, se priorizaron aquellos con disponibilidad local de semillas nativas; segundo, se buscó diversificar la dieta de las familias de la comunidad; tercero, se consideraron asociaciones y rotaciones de cultivos para prevenir plagas y enfermedades y favorecer interacciones beneficiosas entre especies; y finalmente, se eligieron variedades mejor adaptadas a las condiciones agroclimáticas locales, especialmente a ambientes de bosque húmedo y suelos arcillosos.
Mantener la motivación diaria fue difícil, especialmente al inicio, cuando la frustración seguía a cada intento fallido
El proceso no fue sencillo. Recuperar y delimitar el terreno implicó limpiar un área que había sido utilizada como basurero. Algunas semillas no germinaron, otras fueron afectadas por plagas, y las gallinas de las personas vecinas se convirtieron en un desafío constante. Mantener la motivación diaria también fue difícil, especialmente al inicio, cuando la frustración seguía a cada intento fallido.
En ocasiones, el idioma también fue una barrera para los parabiólogos, mayoritariamente hispanohablantes, al intentar generar confianza y cercanía. El acompañamiento continuo – especialmente a través de visitas semanales y de los métodos pedagógicos creativos del joven parabiólogo Jefferson Arellano – fue clave para sostener el proceso, resolver problemas y mantener la motivación colectiva.
Cosechando el futuro
Un año después, los fracasos se han transformado en aprendizajes y ya se están recogiendo las primeras cosechas, que se comparten entre los hogares de las y los estudiantes y, en algunos casos, se venden dentro de la comunidad. Estas primeras cosechas fortalecieron la motivación del grupo y demostraron que el espacio que imaginaron era posible.
El cuerpo docente de la escuela también se ha involucrado activamente. El huerto se ha convertido en un espacio fundamental para que quienes se especializan en agricultura aprendan y experimenten, y se proyecta como un legado para las futuras generaciones. En un contexto donde la cultura, la lengua y las tradiciones chachi están en riesgo, la escuela sigue siendo un espacio de resistencia cultural.
Algunas personas jóvenes ya están replicando lo aprendido en sus parcelas familiares, especialmente en la diversificación y rotación de cultivos. Se sienten capaces de producir sus propios alimentos en lugar de comprarlos, y valoran la posibilidad de consumir alimentos saludables, libres de químicos, y de compartir este conocimiento con sus familias.

Raíces fuertes, decisiones propias
A diferencia de otros proyectos en la zona, Feete Telele fue creado por las juventudes y construido a partir de sus propios sueños y decisiones. El huerto se vive como un espacio distinto, ya que no responde únicamente a un currículo escolar, sino también a la búsqueda de autonomía, resiliencia y la capacidad de volver a decidir sobre la alimentación y el territorio. Las personas jóvenes disfrutan su tiempo en el huerto y lo reconocen como un lugar seguro y acogedor.
Este proceso ha abierto preguntas fundamentales: ¿y si quedarse en el territorio fuera posible? ¿Por qué no decidir qué y cómo sembrar? ¿Es posible construir soberanía y seguridad alimentaria desde la propia comunidad? ¿Podemos recuperar nuestros ríos y conservar nuestros bosques?
Las juventudes de la escuela Río Canandé están redefiniendo su papel en los sistemas alimentarios locales y en su comunidad
A través de prácticas agroecológicas, las juventudes de la escuela de Río Canandé están redefiniendo su papel en los sistemas alimentarios locales y en su comunidad. No solo producen alimentos; están restaurando suelos, recuperando plantas tradicionales, cuidando el agua, proponiendo nuevas formas de intercambio y consumo, y comenzando a reconocer la biodiversidad que les rodea. Estudian los insectos en el huerto y planean iniciarse en la meliponicultura como parte de un futuro emprendimiento comunitario sostenible vinculado a la conservación.
El proceso de Feete Telele aún se encuentra en sus primeras etapas. Las juventudes sueñan con expandirlo: incorporar acuicultura de peces nativos, criar pollos, crear un espacio de intercambio cultural y experiencias compartidas, y establecer una feria para comercializar sus productos. De este modo, buscan consolidar el huerto como un espacio permanente, arraigado en la comunidad.
Este camino demuestra que, además de proyectos inspiradores, acompañamiento continuo, espacios seguros y tiempo para soñar, las juventudes necesitan ser escuchadas. Cuando se les brinda apoyo, no solo cultivan alimentos: cultivan futuros dignos, colectivos y arraigados. En Naranjal de los Chachis, la agroecología se ha convertido en una puerta abierta para imaginar y construir nuevas formas de permanecer y vivir en el territorio.
Autores: Citlalli Morelos-Juárez es bióloga especializada en la conservación de primates y bosques tropicales. Es cofundadora y directora ejecutiva de la Fundación Reserva Tesoro Escondido, donde lidera proyectos de investigación, educación ambiental y trabajo comunitario en el Chocó ecuatoriano. Adriana Argoti es entomóloga y coordinadora de proyectos en la Fundación Reserva Tesoro Escondido. Trabaja en investigación, meliponicultura, conservación de abejas nativas y educación ambiental en el Chocó ecuatoriano. Jefferson Arellano es parabiólogo y estudiante de agroecología, además de becario de la escuela de liderazgo comunitario Senderos Jóvenes. Colabora como parabiólogo en el huerto agroecológico Feete Telele de la escuela Río Canandé. Eddy Añapa es agrónomo de nacionalidad chachi. Es docente técnico en producción agrícola en la escuela Río Canandé. Daniela Montalvo es ingeniera agroindustrial y agroecóloga, enfocada en la investigación agrícola y en proyectos comunitarios. Trabaja en agroecología, permacultura y soberanía alimentaria en la Fundación Reserva Tesoro Escondido. Contacto: citlalli.morelos@tesororeserve.org
Este artículo forma parte del número 4-2026: Las juventudes liderando la agroecología.
