Lo que comenzó como una preocupación por el futuro de la agricultura se está convirtiendo poco a poco en acción colectiva. Jóvenes agricultores en Nepal están construyendo una red nacional para el cambio, basada en la convicción de que la agroecología no trata solo de cultivos, sino de las relaciones entre las personas y la tierra, entre generaciones y entre sistemas de conocimiento. A pesar de persistentes barreras culturales y de una implementación limitada de las políticas, más de 200 jóvenes practican actualmente la agroecología, y más de 1.000 personas forman parte de esta red nacional. En este artículo, algunos de sus líderes comparten sus reflexiones.
En las primeras horas de la mañana en las zonas rurales de Nepal, los agricultores recorren sus campos antes de que salga el sol. La tierra está fresca bajo los pies y, por un momento, el territorio resulta familiar. Estos campos antes alimentaban a las familias, daban forma a nuestra cultura y otorgaban dignidad a las personas. Pero hoy, muchos caminamos con preocupación en lugar de esperanza.
Producíamos alimentos, pero perdíamos el control sobre nuestra tierra, nuestras semillas e incluso nuestra salud
Crecimos viendo la agricultura como algo más que un trabajo; era la vida misma. Las semillas se guardaban con cuidado, se intercambiaban con los vecinos y se transmitían de generación en generación. El cielo estaba lleno de aves, los insectos vivían en equilibrio y el suelo estaba vivo. Con el tiempo, ese equilibrio empezó a romperse. Poco a poco, el suelo se agotó. Los fertilizantes químicos reemplazaron al compost, a los abonos orgánicos tradicionales y a los estiércoles. Los pesticidas se aplicaban sin el conocimiento ni la protección adecuados. Al principio, parecía que los rendimientos aumentaban, pero el costo no era evidente. Las aves desaparecieron y los insectos beneficiosos se extinguieron. Los agricultores empezaron a sufrir problemas de piel, dificultades respiratorias y enfermedades a largo plazo. Producíamos alimentos, pero perdíamos el control sobre nuestra tierra, nuestras semillas e incluso nuestra salud.
“Te sientes atrapado”, nos dijo un joven agricultor. “Dependes de insumos que no entiendes, y no puedes cultivar sin comprar algunos cada temporada”.
Las semillas, que antes eran el corazón de los hogares, ya no están en manos de los agricultores. Las variedades nativas, bien adaptadas a los climas locales y resistentes a plagas y sequías, están desapareciendo rápidamente. En su lugar, los agricultores se ven obligados a comprar cada año semillas costosas a grandes empresas. Si la cosecha falla, la deuda permanece.
La agricultura se ha vuelto más incierta y menos digna. Aunque existen políticas para apoyar a agricultores y jóvenes, a menudo estas se quedan en documentos y no llegan al campo, y los pequeños productores tienen dificultades para cumplir con los requisitos de acceso a subsidios y programas.
El cambio climático lo ha vuelto todo aún más difícil. Las lluvias ya no siguen patrones predecibles. Las sequías duran más. Las inundaciones arrasan los cultivos de un día para otro. Las plagas son cada vez más frecuentes y severas. Los pequeños agricultores – especialmente mujeres, dalits, pueblos indígenas y hogares con escasa tierra – son los más afectados, y aun así suelen quedar excluidos de los programas gubernamentales y de los espacios de decisión.
Muchos agricultores se sienten invisibles. “Siento que la tierra está muriendo”, nos dijo en voz baja un agricultor mayor. “Y con ella, nuestra forma de vida”.
De la crisis al llamado
Con pocas oportunidades, mercados débiles y escaso reconocimiento de la agricultura como un trabajo digno, muchos/as jóvenes sienten que ya no ofrece un futuro viable. En muchas aldeas, la juventud migra en busca de empleo, dejando atrás a padres envejecidos y campos abandonados. Las infancias crecen desconectadas de la agricultura, sin saber cómo se producen los alimentos ni qué se está perdiendo. Los saberes tradicionales – cómo interpretar el suelo, anticipar el clima y conservar semillas – se han ido perdiendo con el tiempo.
Sin embargo, esta crisis no es solo agrícola. Tiene que ver con la dignidad, el control y el futuro. Cuando los agricultores pierden sus semillas, su conocimiento y su salud, pierden su voz. Cuando los niños crecen sin tocar la tierra, pierden su conexión con los alimentos y la naturaleza. Y cuando los jóvenes abandonan la agricultura, comunidades enteras quedan en situación de vulnerabilidad.

Esta toma de conciencia marcó un punto de inflexión para muchos de nosotros/as. Como jóvenes provenientes de familias agricultoras, empezamos a hacernos preguntas in cómodas: ¿es esta la única forma de cultivar? ¿Quién se beneficia de este sistema? ¿Y qué hemos olvidado en el camino?
Lo que comenzó como una preocupación se transformó lentamente en acción colectiva, basada en la convicción de que los agricultores merecen tener control sobre su tierra, sus semillas y su futuro. Y que la agricultura, practicada con respeto por la naturaleza y las personas, puede volver a ser una forma de vida digna.
Este fue el punto de partida de un movimiento juvenil basado en la agroecología y de la creación de la Red de Juventudes por la Agroecología de Nepal (AYNN). Esta red no es una estructura ligada a proyectos, sino un movimiento vivo, arraigado en las realidades rurales. Surgió en 2023 a partir de un diálogo voluntario y autogestionado entre jóvenes de familias agricultoras que comparten la convicción de que la agricultura puede volver a ser digna, resiliente y en armonía con la naturaleza. Para nosotros/as, la agroecología no es solo un método de cultivo, sino un camino hacia la soberanía alimentaria, la resiliencia climática y la justicia social.
Construir desde la base
Actualmente, la AYNN cuenta con 1.072 jóvenes (647 mujeres y 425 hombres) organizados en 63 grupos, a su vez estructurados en siete redes juveniles a nivel municipal. Trabajamos con un modelo de organización de abajo hacia arriba que refleja los principios de la agroecología: conocimiento local, diversidad, participación, descentralización y co-creación. Este modelo comienza a nivel de tole o barrio, donde pequeños grupos de entre 7 y 15 jóvenes están arraigados en sus propias realidades ecológicas, sociales y agrícolas. El poder de decisión y el liderazgo surgen desde la base y responden a las necesidades locales, mientras que representantes llevan experiencias, innovaciones y preocupaciones a espacios municipales, provinciales y nacionales. Esto refleja el énfasis de la agroecología en la innovación liderada por agricultores y en el intercambio de conocimientos, y garantiza que las estrategias más amplias se mantengan ancladas en la práctica cotidiana, el contexto ecológico y las prioridades comunitarias.
Esta estructura genera sentido de pertenencia y responsabilidad. Las reuniones mensuales, el servicio comunitario voluntario y el aprendizaje entre pares han mantenido activo el movimiento. Cada grupo es un espacio de experimentación, reflexión y toma de decisiones colectivas: un antídoto frente a los enfoques de desarrollo verticales que a menudo no llegan a los pequeños agricultores.
En el corazón del trabajo de la AYNN están las fincas experimentales lideradas por jóvenes en tres provincias. Estas parcelas, muchas veces ubicadas en las fincas familiares, funcionan como laboratorios vivos donde la agroecología se practica, se prueba y se adapta a las condiciones locales. En lugar de depender de insumos externos, las y los jóvenes experimentan con semillas nativas, sistemas de cultivo diversificados y abonos orgánicos, pesticidas y biomulch elaborados por los propios agricultores.

Los bioinsumos preparados localmente – como abonos líquidos, pesticidas botánicos, aminoácidos de pescado y descomponedores – se ponen a prueba para evaluar su eficacia en la salud y la productividad de los cultivos. Los agricultores registran observaciones, comparan resultados y comparten los hallazgos dentro de sus grupos y comunidades.
Una de las prácticas más significativas ha sido la creación de bancos de semillas a nivel de hogar y de bancos de germoplasma en campo, que resguardan variedades de cultivos nativas e indígenas. Además, algunos jóvenes agricultores han establecido bancos de insectos, reconociendo a estos como recursos bióticos esenciales y no como enemigos que deban ser eliminados.
“Cuando los insectos regresaron, los cultivos se volvieron más saludables”, explicó un joven agricultor junto a una parcela diversa de hortalizas. “Fue entonces cuando entendimos realmente lo que significa el equilibrio.”
Una limitación importante que enfrentan muchos jóvenes agricultores es la tenencia de la tierra: las fincas suelen estar registradas a nombre de los padres, lo que puede dificultar que los jóvenes convenzan a sus familias de permitir la experimentación con nuevas prácticas agroecológicas.
Reconectar a las comunidades con la cultura alimentaria
La red involucra activamente a las comunidades mediante enfoques creativos y arraigados culturalmente, tanto en contextos rurales como urbanos. Obras de teatro callejero, presentadas en mercados y centros de las aldeas, representan los impactos nocivos del uso inadecuado de pesticidas químicos sobre la salud humana y los ecosistemas. Se plantan árboles frutales nativos en templos, espacios rituales y áreas públicas, reconectando simbólicamente la espiritualidad, la cultura y la naturaleza.
Las ferias y festivales de alimentos locales celebran platos tradicionales elaborados con cultivos nativos, desafiando la creciente predominancia de la comida rápida y las dietas basadas en productos procesados. Las personas mayores comparten relatos sobre prácticas agrícolas tradicionales, mientras que las y los jóvenes facilitan discusiones sobre nutrición, biodiversidad y soberanía alimentaria. A través de estos espacios, los y las participantes intercambian variedades de semillas tradicionales, alimentos locales y experiencias vividas en la agricultura, fortaleciendo la transmisión de conocimientos entre generaciones y reforzando los vínculos culturales con la agroecología, la biodiversidad y los sistemas alimentarios locales.

Los niños y niñas en edad escolar se encuentran entre los participantes más entusiastas. Las visitas a las fincas y las sesiones interactivas les acercan a las semillas, los organismos del suelo y los insectos. Por primera vez, muchos de ellos ven la agricultura no como una actividad atrasada, sino como una ciencia, un arte y una responsabilidad.
Construir legitimidad: del campo a las políticas
Si bien nuestro trabajo está anclado en la práctica, también reconocemos que los cambios duraderos requieren políticas públicas que los respalden. Como jóvenes líderes, participamos regularmente en diálogos con representantes locales, autoridades municipales y oficinas provinciales de agricultura. Promovemos la inclusión de la agroecología en los planes de desarrollo local y la asignación de presupuestos que apoyen a la juventud y a los pequeños agricultores. Hemos presentado memorandos ante el Ministerio de Agricultura y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, planteando la agroecología como parte del Derecho a la Alimentación. Asimismo, mantenemos una coordinación y colaboración constante con distintas agencias gubernamentales, buscando incidir en los programas desde dentro y promover un mejor seguimiento y una distribución más justa de los recursos. Miembros de la red también colaboran con instituciones públicas durante campañas nacionales como la Semana sin Uso de Pesticidas, el Día Nacional de la Agrobiodiversidad y el Día del Arroz, contribuyendo a tender puentes entre las iniciativas de base y los programas institucionales.
El cambio no comienza con el permiso; comienza con la práctica
Sin embargo, trabajar con las autoridades no siempre ha sido fácil, y nos ha tomado tiempo llegar hasta aquí. Al inicio, fue muy difícil convencer a las instituciones de colaborar con una red agroecológica juvenil de base. Las ideas por sí solas no bastaban, y a menudo nuestras voces no eran tomadas en serio. Aprendimos que lo que realmente cuenta es el trabajo concreto y la evidencia.
Nos enfocamos en demostrar resultados en el territorio a través de nuestras fincas modelo gestionadas por jóvenes, la promoción de semillas locales y alimentos tradicionales, y la reducción visible en el uso de pesticidas químicos. Estos logros prácticos fueron construyendo credibilidad poco a poco. Del mismo modo, hicimos un esfuerzo por invitar a funcionarios públicos a nuestras actividades comunitarias, como ferias locales de intercambio de semillas y eventos de promoción de alimentos. Ver a agricultores, jóvenes y niños participando activamente en la protección de las semillas y la biodiversidad ha ayudado a que las autoridades comprendan que los pequeños productores son los verdaderos guardianes de nuestros sistemas alimentarios.
Con el tiempo, la confianza ha ido creciendo. Hoy en día, las instituciones gubernamentales suelen contactarnos directamente cuando planifican campañas nacionales o programas locales. Ahora participamos en espacios multiactor, compartimos propuestas y co-creamos programas de manera conjunta, haciéndolos más pertinentes y efectivos. Esta experiencia nos ha enseñado que el cambio no comienza con el permiso, sino con la práctica. Cuando el trabajo habla por sí mismo, la colaboración surge de manera natural.

Desafíos y contradicciones
Además de los problemas estructurales relacionados con el acceso a la tierra y la desconfianza inicial de las instituciones, seguimos enfrentando otros obstáculos importantes en nuestro camino. Uno de los mayores desafíos ha sido el acceso a semillas locales. Muchas semillas tradicionales han desaparecido de las comunidades, y las que quedan a menudo están poco documentadas o en manos de unas pocas personas. Reconstruir los sistemas de semillas ha requerido tiempo y confianza.
Convencer a las y los jóvenes de involucrarse en la agricultura sigue siendo una gran dificultad. La agricultura es vista ampliamente como un trabajo duro, riesgoso y socialmente poco valorado. Sin subsidios gubernamentales para la agricultura ecológica y con una seguridad de ingresos limitada, muchos jóvenes optan por migrar en lugar de invertir su energía en la agricultura.
También enfrentamos resistencia por parte de agricultores acostumbrados a los insumos químicos y a resultados rápidos. La agroecología exige paciencia, experimentación y aprender del error. En los primeros años, algunas fincas experimentales fracasaron debido a brotes de plagas, bajos rendimientos o mala calidad del suelo. Estos fracasos, en ocasiones, redujeron la confianza de los agricultores en las prácticas ecológicas.
Lograr cambios reales en las políticas ha sido igualmente difícil. Los gobiernos locales priorizan una agricultura intensiva en insumos y han ofrecido poco o ningún apoyo técnico o financiero a los agricultores orgánicos. A pesar de diálogos positivos y apoyos simbólicos, la implementación efectiva de políticas sigue siendo limitada. La agroecología aparece con frecuencia en documentos estratégicos y discursos, pero aún faltan programas concretos, presupuestos y respaldo institucional. “Hay reconocimiento”, reflexionó un joven líder, “pero el reconocimiento no fertiliza el suelo”. Una de las principales razones de esto es el enfoque dual y contradictorio del gobierno. Por un lado, la agroecología y la agricultura orgánica se promueven en documentos y discursos; por otro, los fertilizantes y pesticidas químicos continúan distribuyéndose y siendo subsidiados. Esto envía señales contradictorias a los agricultores y debilita las prácticas ecológicas.
Aprendimos que el cambio requiere una presencia constante, más que resultados rápidos
Otro desafío clave es el acceso a recursos. Los pequeños agricultores y quienes realmente producen alimentos – y que constituyen la base de la producción – a menudo no cumplen con los criterios formales necesarios para recibir apoyo gubernamental. Los subsidios y los insumos (como fertilizantes orgánicos y biopesticidas) tienden a llegar a agricultores con mejores conexiones, mayor capacidad para manejar trámites o mayor cercanía al poder, en lugar de a quienes más los necesitan. Como resultado, la agroecología sigue estando en gran medida desatendida a nivel de campo.
A pesar de estos desafíos, cada fracaso también ofrece una oportunidad de aprendizaje. Aprendimos que la evidencia debe surgir de la práctica y que el cambio requiere presencia constante más que resultados inmediatos. También aprendimos la importancia del aprendizaje entre pares, la acción colectiva y la adaptación de las técnicas a las realidades locales, en lugar de replicar modelos externos.
Un impacto visible
Hoy en día, más de 200 jóvenes en todo Nepal practican la agroecología y gestionan sus propias fincas. Las comunidades han replicado técnicas de preparación de bioinsumos, reduciendo la dependencia de insumos químicos costosos. Más de 10 jóvenes agricultores han establecido bancos de insectos, contribuyendo a la conservación de la biodiversidad en las fincas.
Niños, niñas y miembros de la comunidad muestran una mayor conciencia sobre los riesgos de los pesticidas y la importancia de los sistemas alimentarios locales. Varios/as jóvenes han sido reconocidos/as por los gobiernos locales como agricultores líderes y actúan como facilitadores, formando y acompañando a otros.
Al mismo tiempo, la agroecología se ha convertido en un puente entre distintos sistemas de conocimiento. El saber campesino, las prácticas indígenas y el conocimiento científico se han articulado a través de la experimentación en las fincas, poniendo a prueba pesticidas de origen vegetal, métodos de compostaje, cultivos mixtos y prácticas de manejo de suelos. El trabajo con niños y niñas en edad escolar ha reforzado aún más esta idea. A través de visitas a las fincas y juegos interactivos, aprenden que los alimentos, la naturaleza y las personas están interconectados.
El movimiento juvenil por la agroecología se ha vinculado de manera natural con los movimientos juveniles por el clima, y también los ha inspirado, ya que muchos de los problemas que enfrentan las juventudes – el cambio climático, la degradación del suelo, la pérdida de biodiversidad, la migración y la incertidumbre sobre el futuro – están profundamente relacionados con la forma en que se producen los alimentos. Para muchas y muchos jóvenes involucrados en la acción climática, la agroecología ofreció algo que faltaba: acción práctica en el territorio, no solo consignas. Al mismo tiempo, las redes juveniles por el clima han ayudado a los grupos agroecológicos a comprender su trabajo como parte de una lucha más amplia por la justicia climática, la soberanía alimentaria y la dignidad.

Lecciones del camino
Al reflexionar sobre los últimos años, podemos compartir varios aprendizajes. Nuestro movimiento no comenzó siendo grande. Empezó con un pequeño grupo de jóvenes comprometidos que realmente creían en la agroecología y estaban dispuestos a invertir tiempo y energía sin esperar resultados inmediatos. En los primeros momentos, incluso organizar reuniones era difícil y la participación era irregular. Lo que ayudó fue mantener las cosas simples y flexibles, permitiendo que las y los jóvenes se involucraran a su propio ritmo, estableciendo solo lineamientos básicos y respetando las realidades de la agricultura, los estudios y la migración. La confianza y el sentido de pertenencia se construyeron creando espacios donde cada joven pudiera expresarse, compartir experiencias e incluso hablar abiertamente sobre los fracasos.
Otro aprendizaje importante fue permitir que las juventudes lideraran a nivel local y de manera creativa. En lugar de imponer un único modelo o programa, se alentó a las y los jóvenes a organizar actividades que tuvieran sentido en sus propios contextos: intercambios de semillas, visitas a fincas, programas de sensibilización en escuelas o festivales de alimentos. Estas acciones locales atrajeron a más jóvenes y expandieron la red de manera gradual. La conexión con otros grupos juveniles, incluidas redes climáticas dentro y fuera de Nepal, fortaleció aún más su confianza y motivación, haciéndoles sentir que formaban parte de algo más amplio que sus propias comunidades.
No todo ha funcionado. Los enfoques verticales, la planificación excesiva y el uso de un lenguaje demasiado técnico alejaron a algunas y algunos jóvenes. La expectativa de resultados rápidos también generó frustración, y algunos de los primeros miembros se retiraron. Estas experiencias nos enseñaron que los movimientos crecen a partir de las relaciones, la paciencia y el aprendizaje compartido, no a través de estructuras rígidas o proyectos.
La agroecología no trata solo de cultivos, sino de las relaciones entre las personas y la tierra, entre generaciones y entre sistemas de conocimiento
El proceso también ha reafirmado que la agroecología no trata solo de cultivos, sino de las relaciones entre las personas y la tierra, entre generaciones y entre sistemas de conocimiento. La biodiversidad, la cultura y la dignidad son inseparables de la producción de alimentos. Hemos visto cómo la agroecología también ha fortalecido los vínculos intergeneracionales. Actividades como los intercambios de semillas, los festivales de alimentos y las visitas a fincas han creado espacios donde las personas mayores comparten conocimientos tradicionales sobre semillas, estaciones y prácticas ecológicas, mientras que las y los jóvenes aportan energía, experimentación y documentación. El respeto mutuo ha crecido a medida que ambas partes reconocen el valor de sus saberes. Estos momentos han dejado claro que la agroecología es tanto sobre relaciones, aprendizaje y cuidado como sobre cultivos y rendimientos.
Para otros movimientos juveniles que trabajan en agroecología, nuestra principal recomendación es sencilla: empezar por las personas, no por los programas. Construir confianza, mantenerse conectados con los problemas reales que importan a las juventudes, mantener estructuras flexibles y vincularse con movimientos afines, como los de justicia climática y derecho a la alimentación. Y, sobre todo, valorar el proceso tanto como los resultados. Cuando las y los jóvenes sienten apropiación y conexión, el proceso fluye. Cuando se les brinda espacio, responsabilidad y respeto, emergen como innovadores, educadores y líderes.
De pie en una parcela diversa y productiva, llena de insectos y aves, un joven agricultor compartió una reflexión serena: “Cuando cuidamos la tierra, la tierra empieza a cuidarnos. Y ahí es donde está nuestro futuro.”
Autores: Ashish Thani (27) es profesional en agricultura y desarrollo comunitario y se desempeña como coordinador de la Agroecology Youth Network Nepal. Ekendra Prasad Devkota (34) es coordinador de la red y un joven agente de cambio rural que promueve activamente la agroecología a nivel de base. Laxmi Prasad Dhakal (28) es profesional en agricultura con experiencia en el manejo de plagas y enfermedades. Rachana Poudel (27) es profesional ambiental con experiencia en cambio climático y contaminación. Contacto: ashish.thani@swi-nepal.org
Este artículo forma parte del número 4-2026: Las juventudes liderando la agroecología
