2026 | Anna Caberlon | Issue 4 Las juventudes liderando la agroecología

Volver para resistir: el resurgir agroecológico del Véneto rural

Un grupo de jóvenes regresó al norte rural despoblado de Italia tras pasar años en el extranjero. Para ellas y ellos, este retorno fue un acto político. Desde 2024, han atraído a la juventud local a través de una finca educativa y de cursos de agroecología. Su éxito inicial a la hora de motivar a jóvenes a dedicarse a la agricultura cuestiona la narrativa de que la vida rural supone decadencia, sacrificio o fracaso, y ofrece una visión alternativa para el futuro del Véneto.

Un paisaje de partida y retorno

En Marostica, una pequeña localidad situada en las estribaciones de la provincia de Vicenza, en el noreste de la región del Véneto (Italia), el paisaje está configurado por una agricultura a pequeña escala. Este municipio alberga nuestra organización, ‘GÒ CARO, y el lugar donde se encuentra nuestra finca aún es conocido localmente como “la strada del fango” – el “camino de barro” – , porque los arroyos de las colinas circundantes confluyen allí, arrastrando agua y sedimentos tras cada lluvia. Sin embargo, este paisaje, antaño intensamente cultivado y habitado, hoy está marcado por la despoblación. La edad media en nuestra zona supera ampliamente los 60 años. La gente joven se marcha a las ciudades para estudiar, trabajar o socializar, y rara vez regresa. Los campos se convierten en matorral y bosque, los bancales se derrumban y las casas quedan vacías. Algunas personas no vuelven nunca. Otras, tras años en el extranjero, regresan.

Para mí y para otras personas jóvenes de la región que habíamos pasado años viviendo, trabajando y estudiando fuera, volver no fue simplemente una decisión logística, sino un acto político. Tras descubrir la agroecología en otros lugares, sentimos tanto la necesidad como la responsabilidad de regresar a nuestro lugar de origen y resistir la narrativa de que la vida rural implica decadencia, sacrificio o fracaso. Fue un paso contracultural, como expresó Francesco, hoy cofundador y presidente de GÒ CARO: “Pasé años en el extranjero intentando escapar. Nunca esperé volver al Véneto. Italia me parecía un sistema fallido, y regresar aquí era lo último que tenía en mente.”

Reimaginar los espacios rurales

A finales de 2024, cuatro jóvenes de las estribaciones de Vicenza, cuyas vidas habían tomado caminos distintos lejos de sus lugares de origen, regresamos y pusimos en marcha nuestra iniciativa ‘GÒ CARO’. Algunas habíamos pasado años en el extranjero, otras nos habíamos mantenido más cerca, pero todas compartíamos la sensación de que algo esencial se estaba perdiendo en nuestro territorio rural: personas, conocimientos, relaciones y confianza en el futuro.

Nuestra motivación principal era crear un espacio donde las personas pudieran reunirse, conversar, aprender y poner en práctica conocimientos relacionados con la vida rural

Nos reencontramos a través de vínculos personales de larga trayectoria – amistades, lazos familiares e historias compartidas – y de una insatisfacción común ante la idea de que marcharse fuera la única opción posible. Volvimos con experiencias diversas por toda Europa: voluntariado ambiental, cooperación internacional, huertos de autoproducción y estudios en agroecología. Estas trayectorias moldearon la manera en que imaginamos GÒ CARO.

Para nosotras/os, la agroecología no es solo un conjunto de técnicas agrícolas, sino un marco que permite abordar de forma conjunta la regeneración ambiental, la inclusión social y la memoria cultural. Nuestra motivación principal era crear un espacio donde la gente pudiera reunirse, conversar, aprender y poner en práctica conocimientos relacionados con la vida rural, la agricultura regenerativa, la inclusión y la crisis climática —temas profundamente interconectados, pero rara vez abordados conjuntamente en contextos rurales—. Queríamos abrir un lugar donde estas conversaciones pudieran darse fuera de las instituciones académicas y de los entornos impulsados por el mercado, y estuvieran ancladas en la práctica cotidiana. Elegimos deliberadamente ser una organización sin ánimo de lucro, priorizando la educación y la comunidad por encima de la producción y la venta.

Construir nuestra propia finca educativa

Nuestras actividades se desarrollan principalmente en Togonegro, una pequeña finca educativa familiar de dos hectáreas situada a lo largo del antiguo camino de barro. La tierra fue comprada por mi padre hace unos diez años, pero permaneció en gran medida sin utilizar. Ninguno de nuestros padres proviene de familias agricultoras. Cuando se creó GÒ CARO, mi padre decidió darnos libertad creativa sobre la tierra, para que finalmente pudiera funcionar como un espacio de experimentación, aprendizaje y uso colectivo.

La finca se encuentra en una pequeña cuenca hidrológica donde confluyen varios arroyos, lo que genera suelos fértiles, pero también retos recurrentes en la gestión del agua. Esta condición ha marcado nuestro enfoque desde el principio, convirtiendo la propia tierra en un aula viva donde cuestiones como el suelo, el agua, el clima y el cuidado no son abstractas, sino realidades cotidianas.

Uno de los primeros pasos concretos fue trabajar en el huerto familiar, un área de unos 900 metros cuadrados que durante años había sido gestionada de forma convencional, con uso regular de tractor, laboreo y aportes externos. Mi padre también nos permitió utilizar sus herramientas y maquinaria. Aunque este apoyo fue esencial desde un punto de vista práctico, no vino acompañado de una confianza plena en nuestro enfoque. El huerto sigue siendo observado con cierto escepticismo tanto por mi padre como por agricultores vecinos.

El camino de tierra donde se encuentra la granja y las colinas de Marostica. Foto: Jacopo Guzzo

El paisaje circundante está dominado por huertos frutales – especialmente de cerezo -, así como viñedos y olivares, generalmente gestionados en monocultivo con fertilizantes y pesticidas. Nuestros experimentos regenerativos, por tanto, resultan inusuales. Al mismo tiempo, las actividades sociales en torno al huerto han despertado curiosidad, abriendo conversaciones informales y creando puentes que no habrían sido posibles únicamente a través de debates técnicos.

La transición de la finca implicó pasar de un manejo convencional a uno regenerativo. En la práctica, esto supuso reducir el laboreo, reconstruir la estructura del suelo mediante materia orgánica, experimentar con cultivos asociados y permitir el regreso de la biodiversidad espontánea. Trabajar en una tierra que conserva la memoria del manejo convencional ha sido un proceso de aprendizaje clave. Por ejemplo, tuvimos que enfrentarnos de inmediato a la compactación del suelo causada por años de uso de maquinaria. Adoptamos un enfoque de horticultura intensiva basado en bancales permanentes elevados sin labranza, ayudando continuamente al suelo a recuperar su estructura y vitalidad. Este tipo de experimentos ayuda a comprender que las transiciones agroecológicas suelen ser lentas, imperfectas y profundamente contextuales.

Aprender agroecología como proceso social

Paralelamente al trabajo en el campo, comenzamos a organizar pequeños talleres centrados en saberes rurales, como la recolección de plantas silvestres, el tejido con mimbre o la gestión del agua en permacultura. Las personas participantes son principalmente jóvenes menores de 30 años de Marostica y de municipios cercanos en las estribaciones alpinas de Vicenza.

Aunque la mayoría de las personas participantes son jóvenes, los vecinos mayores también aportan fragmentos de conocimiento histórico

Algunas crecieron en familias agricultoras, otras estudiaron ciencias ambientales o sociales, algunas regresaron tras pasar tiempo en el extranjero y otras llegaron simplemente por curiosidad, en busca de una forma concreta de reconectar con la tierra.

Aunque la mayoría de participantes son jóvenes, también se suman vecinas y vecinos mayores, atraídos por la familiaridad con el lugar o por vínculos personales. Su presencia aporta fragmentos de conocimiento histórico sobre el territorio, a veces compartidos de forma explícita, otras a través de conversaciones informales y observaciones. Las niñas y niños participan principalmente a través de colaboraciones con escuelas y visitas a la finca educativa, lo que constituye un puente importante entre la educación formal y la experiencia rural vivida.

¿De quién es el conocimiento?

Nuestras actividades suscitaron una pregunta importante en la comunidad: ¿de dónde proviene el conocimiento y quién es considerado legítimo para enseñarlo? En el pueblo, gran parte del conocimiento rural tradicional sigue existiendo, pero está principalmente en manos de las generaciones mayores. Muchas de estas personas nunca lo transmitieron a las más jóvenes, al verlo como un recordatorio de un pasado asociado a la pobreza y a la dureza de la vida rural.

Como resultado, ha sido difícil implicar directamente a las personas mayores como facilitadoras de talleres. Muchas no se sienten legitimadas o dispuestas a enseñar. Sin embargo, continúan enseñándonos de manera informal a través de sus relatos, observaciones y comentarios.

De este modo, aunque nuestros talleres estén facilitados por personas de zonas cercanas y dirigidos principalmente a jóvenes, a menudo se convierten en un catalizador para el intercambio intergeneracional de conocimientos: un espacio donde las personas mayores del lugar observan desde los márgenes, a veces interviniendo, otras simplemente reconociendo gestos y prácticas familiares.

Los talleres se difunden principalmente a través de canales informales y requieren una membresía básica en la asociación. Este modelo es intencional: plantea la finca no como un servicio privado, sino como un espacio compartido, moldeado por las personas que lo transitan.

Aprendizajes sobre cómo atraer a la juventud rural

Durante casi todo el primer año, estos talleres fueron financiados por las propias personas participantes. Sin financiación externa, solicitar una contribución era la única forma de cubrir los costes básicos, como materiales, honorarios de facilitación y comidas compartidas. Este modelo nos permitió empezar, pero también limitó la participación, especialmente en un contexto rural donde las distancias son largas y la motivación debe ser alta. En otoño de 2025, tras obtener nuestra primera financiación europea, pasamos a ofrecer cursos de agroecología completamente gratuitos para jóvenes locales. El cambio fue inmediato: aumentó la participación, se amplió la diversidad de asistentes y el espacio se volvió más accesible para quienes antes dudaban en participar.

Con el tiempo, hemos aprendido que atraer a jóvenes en contextos rurales requiere algo más que ofrecer contenidos interesantes. Lo que mejor ha funcionado ha sido construir colaboraciones con otras iniciativas y personas del territorio, lo que ha incrementado tanto nuestra visibilidad como nuestra credibilidad, especialmente en un contexto donde los proyectos nuevos impulsados por jóvenes suelen generar escepticismo. Una presencia clara y constante en redes sociales también ha sido clave, ya que nos ha permitido llegar a personas que de otro modo no se encontrarían con la agroecología en su vida cotidiana. Otro aprendizaje importante ha sido diseñar los talleres como procesos de varios días, en lugar de eventos puntuales. Cuando las actividades se estructuran como procesos, es más probable que las personas se comprometan, construyan vínculos y se sientan parte de algo que va más allá de una experiencia aislada.

Anna y algunos otros animales de la granja: Irma, Gastone e Il piccolo al fondo. Foto: Riccardo Urban

Aprendimos estas lecciones tras comprobar que algunos enfoques no funcionaban. Los talleres puntuales rara vez generaban un compromiso duradero, especialmente cuando implicaban una inversión significativa de tiempo para desplazarse a un entorno rural. Los altos costes de participación también resultaron ser una barrera clara, reforzando desigualdades existentes y excluyendo a quienes no contaban con flexibilidad económica. Por último, las actividades que no tenían una conexión clara con los saberes rurales o las prácticas locales tendían a generar menos interés, lo que subraya la importancia de que el aprendizaje esté arraigado en el territorio específico donde tiene lugar.

Obstáculos administrativos

Uno de nuestros primeros obstáculos fue la desconfianza institucional. No solo por parte de los vecinos, sino también de las administraciones locales, que veían con escepticismo a un grupo de jóvenes promoviendo la agroecología a través de una asociación sin ánimo de lucro, en un contexto donde el trabajo suele asociarse al beneficio económico. Este escepticismo apareció desde el principio, cuando intentamos proponer colaboraciones con el municipio. A menudo teníamos la sensación de que las asociaciones más tradicionales – especialmente aquellas formadas por personas jubiladas y percibidas como más “seguras” y con mayor arraigo histórico – eran consideradas interlocutores más fiables, mientras que nuestra propuesta resultaba desconocida y quizá demasiado política para un liderazgo local conservador.

En lugar de intentar confrontar directamente esta barrera institucional, optamos por seguir nuestro camino y dejar que los hechos hablaran por sí mismos. Con el tiempo, el creciente número de participantes y la regularidad de nuestras actividades se convirtieron en nuestra principal fuente de legitimidad, tanto frente a las instituciones como dentro de la comunidad local, incluyendo vecinos y familias de participantes jóvenes.

Otro reto fue la burocracia. Gestionar una asociación en Italia requiere tiempo, documentación y el cumplimiento de requisitos legales. Dado que contratar asesoría externa era económicamente inviable para nosotros, nos unimos a ARCI, una red nacional que ofrece apoyo legal, asegurador y administrativo. Este apoyo resultó fundamental para contener la carga burocrática y poder concentrar nuestras energías en la organización de actividades sobre el terreno. Estructuras de apoyo como ARCI no son secundarias: hacen posible la sostenibilidad en el tiempo de iniciativas de base.

Cultivar biodiversidad social

Un resultado visible es el número y la diversidad de jóvenes implicados en nuestras actividades. Hoy en día, alrededor de treinta personas participan activamente en la asociación. Por “activas” entendemos que no solo asisten a los talleres, sino que participan en asambleas, ayudan a organizar actividades, proponen nuevos talleres y contribuyen a definir la dirección de GÒ CARO. Más allá de este grupo núcleo, varios cientos de personas han participado en talleres y eventos públicos durante el último año.

El creciente número de participantes y la regularidad de las actividades se convirtieron en nuestra principal fuente de legitimidad

Sin embargo, los resultados más importantes no son cuantitativos. Hemos visto cómo jóvenes que planeaban marcharse comienzan a imaginar quedarse. Estudiantes que regresan se conectan con jóvenes que nunca se fueron, reduciendo el aislamiento en ambos casos. Personas mayores comparten conocimientos sobre plantas silvestres o sistemas de riego “de cuando todo era distinto”. Estas interacciones generan biodiversidad social, tan importante como la biodiversidad ecológica para sostener la vida rural. Las respuestas recogidas tras un taller sobre biodiversidad ilustran bien este cambio:

  • “Crear conexiones y construir una red.”
  • “La belleza que puede surgir del encuentro con otras personas.”
  • “Las habilidades que adquirí y el deseo de cambiar realmente las cosas en la zona de Vicenza.”
  • “Un sentido de comunidad y un redescubrimiento de las raíces de mi propio territorio  – culturales, generacionales y geográficas.”

La agroecología como punto de encuentro

Aún es pronto para afirmar qué es lo que realmente hace que las personas jóvenes permanezcan en las zonas rurales. La asociación es joven, y nosotras también. Sin embargo, lo que hemos aprendido hasta ahora es que la accesibilidad y la participación en el intercambio de conocimientos son claves. Hacer los talleres gratuitos no es solo un gesto de generosidad; es una estrategia de justicia territorial. Cuando el acceso está garantizado, la agroecología se convierte en un punto de encuentro entre distintos saberes, trayectorias y experiencias.

Por último, hemos aprendido que la capacidad de acción (agency) es un elemento central en la agroecología. Crear una asociación de personas que comparten una visión del mundo y que se relacionan con la tierra de diferentes maneras  – cultivándola, estudiándola o simplemente cuidándola –  genera un proceso que se refuerza a sí mismo. Las personas se encuentran, trabajan con las manos, conversan, intercambian conocimientos y, poco a poco, proponen nuevas ideas, temas y participantes. Con el tiempo, estas conversaciones se vuelven inevitablemente políticas, porque la alimentación y el uso de la tierra son cuestiones políticas. Actuar colectivamente permite pasar del intercambio informal a la construcción de una voz pública, llegando finalmente a interactuar con las instituciones locales como un grupo cohesionado y determinado.

Como dijo una formadora en permacultura social durante un taller: “Responsabilízate. En cada ámbito de tu vida, asume tu responsabilidad. Está bien equivocarse, cambiar de camino. Pero asume tu responsabilidad.”(Maria Antonietta Zuccalà, formadora en permacultura)

Taller de permacultura social. Foto: Giacomo Meneghini

Perspectivas de futuro

De cara al futuro, buscamos consolidar nuestro trabajo educativo al tiempo que fortalecemos los itinerarios para que las personas jóvenes se vinculen a la agricultura más allá de los talleres. Un paso concreto en esta dirección es la creación de un modelo de Agricultura Sostenida por la Comunidad (CSA) en la finca. Esto permitirá a las personas participantes compartir los riesgos y las alegrías del cultivo, contribuyendo al trabajo agrícola y recibiendo productos de temporada a cambio.

Fomentamos no solo el deseo de permanecer en el territorio, sino también el decuidarlo profundamente

Paralelamente, estamos explorando colaboraciones con universidades y centros de investigación para convertir nuestras prácticas agroecológicas en un campo vivo de observación y experimentación científica. La transición de suelos desde manejos convencionales a regenerativos, el seguimiento de la recuperación de la biodiversidad o la experimentación con sistemas de cultivo de bajos insumos pueden generar datos útiles tanto para la investigación como para los agricultores, al tiempo que refuerzan la legitimidad y visibilidad de la innovación impulsada por el propio campesinado.

En un sentido más amplio, nuestra visión para la juventud en el Véneto se basa en la continuidad y el arraigo. Creemos que ofrecer múltiples puertas de entrada a la asociación  – desde las primeras experiencias en la finca educativa, pasando por la participación activa en talleres y eventos colectivos, hasta asumir responsabilidades compartidas dentro de una CSA –  puede fomentar no solo el deseo de permanecer en el territorio, sino también el compromiso de cuidarlo profundamente. A través de esta implicación progresiva, las personas jóvenes pueden imaginar formas de vida que respeten el valor y la fragilidad de la tierra, al tiempo que reconocen su responsabilidad en su cuidado. En este sentido, la agroecología se convierte no solo en un conjunto de prácticas, sino en una relación a largo plazo entre las personas, el territorio y las generaciones futuras.


Autora: Anna Caberlon es de Bassano del Grappa, en la región del Véneto, y es una de las fundadoras de GÒ CARO. Su trabajo e investigación están impulsados por una búsqueda constante de formas de vida más livianas para el planeta y más atentas a las relaciones entre las personas, la tierra y los ecosistemas. Contacto anna.caberlon@gmail.com

Este artículo forma parte del número 4-2026: Las juventudes liderando la agroecología